Este año, dice un anuncio, no habrá nochebuena.
Por los barrios no circulan ni perros callejeros, teñidos
de lodo, con el rabo entre las patas.
El viento gélido materializará plástico
en los brotes de las plantas sintéticas.
El foco verde luce sonámbulo entre su espesura,
junto al garaje y
la mezcla de grasa, orín y azufre de las esquinas.
Añoraremos el sol de una mañana navideña
en la que practicar deportes.
Nos despediremos de muchas cosas: la infancia, el delirio,
la luz, un destello.
Correrá el último Renault 8 a lo largo de
la calle Marcelo Usera.
En los escaparates, maniquíes tullidos se visten
con los restos mortales de una mujer madura.
Palpitan los muros.
Parirán el futuro con el desagrado de un hecho
vergonzoso por el que se paga.
Esos billetes, la remuneración por estar vivos,
envuelven colas de pescado de nuestro destino.
Propietarios con vitíligo en nuestra presencia
devorarán buñuelos.