Guiados por una tuneladora turbia hasta el final de los
meses
descubrimos el día, tras soportar un quintal métrico
de ansia.
Duelen algunas partes del pecho (pareciera que anélidos
circularan como bronquiales remedos de cuestiones pospuestas).
Duelen las ideas: silogismos acres que socavan la bóveda
de crucería de la razón.
Nunca repuestos, operaremos con apariencia de perseguir
un fin.
Respondemos con coherencia a preguntas precisas.
Todo parece correcto excepto por ese ligero temblor superficial.
Vibra el rostro con la tensión de unos ojos sometidos
a una presión interna.
¿Ver más para qué?
Tenerlo todo o estar como una heroína romántica
en el collado de los vientos.
Necrófilos impulsos por desenterrar los jirones
momificados de cada fracaso.
En las manos, se deshace la arena.
Es arena, materia estéril, lo que alimentará
nuestros labios.
Es derrota.