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EL LIBRERO DE TOLEDO

CAPÍTULO 4

Julia

“Hay siempre un poco de locura en el amor.
Más también hay siempre un poco de
razón en la locura”.

Friedrich Nietzsche

El dolor y el amor llegan juntos. Se cierra una ventana y se abre una puerta.
Por la tarde mi madre llegó pronto a casa con lágrimas de verdadero dolor, me abrazó y pude entender a duras penas que la mujer del comandante había muerto.
—Dios se la ha llevado con él —me dijo.
Lloré como si fuera sangre de mi sangre, hizo mucho por nosotros y gracias a ella nuestra vida fue un poco más fácil.
El funeral fue de lo más espectacular que yo hubiera visto nunca, tantos militares vestidos de gala, con sus medallas y sables. Entre todos hacían que aquello no pareciera un entierro. La catedral se quedó pequeña, los extranjeros no sabían ni acertaban a entender qué ocurría. Yo iba vestido con un traje negro que el comandante me había dejado, camisa blanca y corbata negra. Mi madre se encargó de hacerme el nudo. Ella vestía de luto riguroso con velo incluido.
Tratamos de ponernos cerca del féretro, pero todo estaba ocupado por las autoridades. Entonces el comandante se giró como si estuviera esperándonos y nos hizo una señal para que nos pusiéramos a su lado.
El oficio fue dirigido por el Arzobispo de Toledo; la señora Socorro era muy conocida en esta Diócesis por su misericordia y espíritu religioso, no había acto humanitario en la ciudad en el que ella no hubiera participado. Fueron las palabras del capellán de la Academia la que nos hicieron llorar, era muy amigo del comandante y de su esposa; la homilía fue solemne, sus palabras salieron de lo más profundo de su corazón, llorando, hizo que la catedral enmudeciera.
El altar estaba repleto de flores y coronas de todas partes y estilos. Desprendían olores unas y otras, que al mezclarse convertían la atmósfera en una agradable explosión de aromas para los sentidos.
Marchamos hacia el cementerio y allí fue cuando el dolor y la rabia afloraron a los ojos y el semblante del comandante, solo le oía decir:
—¿Por qué, Señor?, ¿Por qué a ella y no a mí?
Con las últimas paladas de tierra se agarró a mi brazo, yo le abracé y juntos lloramos. Nunca pensé que un hombre de honor, tan digno, a la vez fuera tan frágil. Balbuceaba a duras penas frases entrecortadas, la que más repetía era:
—Gracias hijo, ella siempre te quiso como aquel que nunca tuvo.
Fueron muchas las personas que, al estar con el comandante, me hicieron el saludo y dieron las condolencias; pensarían que era de la familia.
La mujer del capitán Esteras me abrazó y besó con dulzura, sentí como sus pechos turgentes se hundían en mi cuerpo. Su aliento, su perfume, el aroma de su piel me embriagaron; aun así, fueron sus palabras las que desorganizaron mi cerebro; no era el momento pero me sentí turbado. No alcanzaba a entender lo que me había susurrado al oído.
—No sufras mi niño, yo ocuparé su lugar y no olvides que mañana tenemos clase.
Aquella noche, como casi todas, no me resultó fácil conciliar el sueño entre el calor y todo lo vivido el día anterior. Me preguntaba por qué Julia me habría abrazado y besado de esa forma, ella sabía que no soy familia de la señora Socorro.
Puntual como siempre, pero nervioso y excitado como nunca, acudí a mi cita con el inglés. Me recibió Julia. Me quedé mudo, ¡jamás la había visto tan guapa! o, al menos, nunca me había percatado de ello.
Llevaba el pelo recogido en un moño, dejando libre el cuello más bonito que haya visto; es elegante, poderoso, de piel suave y blanca. Su rostro es todo amor, con esa sonrisa natural que transmite paz. Debió darse cuenta de mi estado de aflicción y cogiéndome de la mano me dijo:
—¿Pero es que no piensas dar clases hoy? Anda, chiquillo, pasa que te he preparado un café con hielo o ¿prefieres mejor un vaso de gazpacho de mi tierra?
—Café, gracias —atiné a decir sin dejar de mirarla, a la vez con timidez y con deseo.
Estuvimos hablando un buen rato, unas veces en inglés y otras en español. Me contó cómo había cambiado su vida. En Córdoba eran felices, se casó plenamente enamorada y con la ilusión de tener hijos, pero poco a poco la pasión de su marido por ella se fue perdiendo hasta el punto de pensar más en el ejército y en sus soldados que en sus deberes como esposo.
—¿Qué echa en falta, de su juventud?
—Echo en falta tumbarme en la terraza, sobre mi toalla azul, un azul color del mar. Recuerdo los baños de sol que me daba después de comer. Es en los meses de junio y de septiembre cuando el sol abrasador deja paso a un calor agradable. Me ponía boca abajo; soñaba que los rayos me acariciaban como si de olas se tratasen. De fondo oía sinfonías de Mozart, mi padre las ponía antes de quedarse dormido.
Me quedé mirándola, no entendía cómo alguien que lo tenía todo pudiera echar en falta algo tan sencillo. Ese era su don, su sencillez. Traté de sacarla de sus recuerdos y le dije:
—Usted es muy guapa y joven, seguro que pronto volverá a verla como su esposa. Entonces volverá a por su toalla y podrá volver a soñar que el mar la acaricia.
—Gracias Doménico, eres muy agradable ¿De verdad me encuentras joven?
—Sí, señora Julia. Ya quisieran muchas chicas de mi edad ser tan elegantes como usted. Su sonrisa y la expresión de su cara son muy especiales.
—¡Chiquillo, qué cosas dices para tu edad!, eres un perfecto adulador.
Otra vez mis mejillas cambiaron de color, volví a sentirme incómodo pues pensé que podría haberla ofendido. Miré el reloj, ya habían pasado las dos horas establecidas; me tenía que marchar y eso me aliviaba a la vez que molestaba. Por nada del mundo quería irme; estaba en una nube, no sabía qué me ocurría pero era excitante.
Oímos un ruido de llaves que abrieron la puerta, apareciendo el capitán Esteras; observé el cambio de sonrisa en Julia, parecía más molesta que alegre por la llegada de su marido. Venía con una cartera y vestido con el uniforme de militar, pero no con el traje que llevó al entierro de la señora Socorro. Me percaté que parecía muy mayor, su rostro severo y sus ojos vidriosos, nada tenían que ver con los del día que lo conocí. Esos ojos ya los había visto antes ¿Pegaría a Julia? Me planteé esta cuestión varias veces. Sonó su voz fuerte, autoritaria, preguntándome:
—¿Aún sigues aquí? Espero que aproveches bien el tiempo; el comandante está muy interesado en tu formación y supongo que ahora, que se ha quedado solo, serás su única preocupación.
—Sí, señor, la señora me exige mucho y yo estoy muy agradecido. Ya me iba… Hasta el martes, señora Julia. Adiós, señor Esteras.
Sin mirarme encaminó sus pasos hacia el dormitorio, cerró la puerta tras él y sus órdenes llegaban secas, como las que emite un martillo golpeando sobre el yunque.
—¡Julia!: prepárame la ropa de campaña. Parto mañana a unas maniobras, serán de cuatro días.
—Prometiste llevarme a Madrid este fin de semana.
—¿Prometer?, un militar solo puede prometer su amor y entrega a la patria.
La miré y estaba muy triste, había cambiado su sonrisa, la alegría de su cara, por otra de pena. Me dirigí hacia la puerta y ella salió a despedirme, una vez en el umbral me giré para decirle adiós y entonces me dio un beso en la cara y creí morir, otra vez rojo por la situación. No acerté a decir nada y no di ni un paso cuando me volví y allí estaba, mirándome, con esa sonrisa de ángel, de nuevo transformada, y le dije:
—¿Puedo venir mañana? —¡Joder!, pero qué he hecho, estoy loco, qué atrevimiento—. Discúlpeme, por favor.
—¡Claro que puedes!, te estaré esperando a la misma hora. Anda, vete que tengo muchas cosas que hacer y pensar.
Me guiñó un ojo y volvió para adentro, oí desde el otro lado el correr del cerrojo. Salí corriendo como alma que lleva el diablo. En la calle resoplé y una sonrisa pícara se dibujó en mi cara, estaba feliz. Creo que me estoy volviendo a enamorar —pensé.
No había pasado una semana desde que sorprendí a Sonia con otro y ya la había olvidado o, al menos, eso creía.

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Ya sabe el dicho: ¨Un clavo saca otro clavo¨ y he de confesarle que en mi caso era cierto.
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Hacía calor, así que en vez de irme a casa decidí acercarme al parque a tomar un refresco y disfrutar del momento. Estaba sentado en una terraza cuando llegó Rafa, hacía tiempo que no lo veía y nos dimos un caluroso abrazo. Me cuenta que trabaja en un taller de coches y que está muy ilusionado.
—¿Y sigues saliendo con Alicia? — le pregunté.
—Sí, y eso que era para unos días, ¿te acuerdas?
—Sí —le dije moviendo la cabeza. Hubo un momento de silencio y entonces me preguntó por Sonia.
—Dice Alicia que has desaparecido, que no has vuelto a escribirle.
Le conté lo que había visto en la Plaza de Zocodover y que lo tuve tan claro que no necesité pedirle explicaciones.
—¡Joder! Qué fuerte, yo me hubiera acercado y le habría dicho de todo, ¡por puta!
—Rafa, las cosas no se hacen así, la gente es libre de ir con quien quiera, no se puede retener a nadie contra su voluntad.
—Es que tú eres demasiado bueno y la gente se aprovecha de ti, debes espabilar. Si yo tuviera tu cuerpo y tu fuerza, a más de uno le daría de hostias.
Respondí con una sonrisa sarcástica. Rafa es buen chaval, un poco bruto pero de gran corazón y muy amigo de sus amigos. Nos conocemos desde niños, vivía en mi calle y, en alguna ocasión, tuve que defenderle pues enseguida tiraba de puños.


Capítulo 5: El diario de Julia


Novela de © Manuel Peiteado. Fragmentos seleccionados de la trilogía "El librero de Toledo" para los lectores de la revista mis Repoelas.

(Toda la obra se encuentra protegida por los Derechos de Autor)



Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras