Tratamos
de ponernos cerca del féretro, pero todo estaba ocupado
por las autoridades. Entonces el comandante se giró
como si estuviera esperándonos y nos hizo una señal
para que nos pusiéramos a su lado.
El oficio
fue dirigido por el Arzobispo de Toledo; la señora
Socorro era muy conocida en esta Diócesis por su misericordia
y espíritu religioso, no había acto humanitario
en la ciudad en el que ella no hubiera participado. Fueron
las palabras del capellán de la Academia la que nos
hicieron llorar, era muy amigo del comandante y de su esposa;
la homilía fue solemne, sus palabras salieron de lo
más profundo de su corazón, llorando, hizo que
la catedral enmudeciera.
El altar estaba repleto de flores y coronas de todas partes
y estilos. Desprendían olores unas y otras, que al
mezclarse convertían la atmósfera en una agradable
explosión de aromas para los sentidos.
Marchamos hacia el cementerio y allí fue cuando el
dolor y la rabia afloraron a los ojos y el semblante del comandante,
solo le oía decir:
—¿Por qué, Señor?, ¿Por
qué a ella y no a mí?
Con las últimas paladas de tierra se agarró
a mi brazo, yo le abracé y juntos lloramos. Nunca pensé
que un hombre de honor, tan digno, a la vez fuera tan frágil.
Balbuceaba a duras penas frases entrecortadas, la que más
repetía era:
—Gracias hijo, ella siempre te quiso como aquel que
nunca tuvo.
Fueron muchas las personas que, al estar con el comandante,
me hicieron el saludo y dieron las condolencias; pensarían
que era de la familia.
La mujer del capitán Esteras me abrazó y besó
con dulzura, sentí como sus pechos turgentes se hundían
en mi cuerpo. Su aliento, su perfume, el aroma de su piel
me embriagaron; aun así, fueron sus palabras las que
desorganizaron mi cerebro; no era el momento pero me sentí
turbado. No alcanzaba a entender lo que me había susurrado
al oído.
—No sufras mi niño, yo ocuparé su lugar
y no olvides que mañana tenemos clase.
Aquella noche, como casi todas, no me resultó fácil
conciliar el sueño entre el calor y todo lo vivido
el día anterior. Me preguntaba por qué Julia
me habría abrazado y besado de esa forma, ella sabía
que no soy familia de la señora Socorro.
Puntual como siempre, pero nervioso y excitado como nunca,
acudí a mi cita con el inglés. Me recibió
Julia. Me quedé mudo, ¡jamás la había
visto tan guapa! o, al menos, nunca me había percatado
de ello.
Llevaba el pelo recogido en un moño, dejando libre
el cuello más bonito que haya visto; es elegante, poderoso,
de piel suave y blanca. Su rostro es todo amor, con esa sonrisa
natural que transmite paz. Debió darse cuenta de mi
estado de aflicción y cogiéndome de la mano
me dijo:
—¿Pero es que no piensas dar clases hoy? Anda,
chiquillo, pasa que te he preparado un café con hielo
o ¿prefieres mejor un vaso de gazpacho de mi tierra?
—Café, gracias —atiné a decir sin
dejar de mirarla, a la vez con timidez y con deseo.
Estuvimos hablando un buen rato, unas veces en inglés
y otras en español. Me contó cómo había
cambiado su vida. En Córdoba eran felices, se casó
plenamente enamorada y con la ilusión de tener hijos,
pero poco a poco la pasión de su marido por ella se
fue perdiendo hasta el punto de pensar más en el ejército
y en sus soldados que en sus deberes como esposo.
—¿Qué echa en falta, de su juventud?
—Echo en falta tumbarme en la terraza, sobre mi toalla
azul, un azul color del mar. Recuerdo los baños de
sol que me daba después de comer. Es en los meses de
junio y de septiembre cuando el sol abrasador deja paso a
un calor agradable. Me ponía boca abajo; soñaba
que los rayos me acariciaban como si de olas se tratasen.
De fondo oía sinfonías de Mozart, mi padre las
ponía antes de quedarse dormido.
Me quedé mirándola, no entendía cómo
alguien que lo tenía todo pudiera echar en falta algo
tan sencillo. Ese era su don, su sencillez. Traté de
sacarla de sus recuerdos y le dije:
—Usted es muy guapa y joven, seguro que pronto volverá
a verla como su esposa. Entonces volverá a por su toalla
y podrá volver a soñar que el mar la acaricia.
—Gracias Doménico, eres muy agradable ¿De
verdad me encuentras joven?
—Sí, señora Julia. Ya quisieran muchas
chicas de mi edad ser tan elegantes como usted. Su sonrisa
y la expresión de su cara son muy especiales.
—¡Chiquillo, qué cosas dices para tu edad!,
eres un perfecto adulador.
Otra vez mis mejillas cambiaron de color, volví a sentirme
incómodo pues pensé que podría haberla
ofendido. Miré el reloj, ya habían pasado las
dos horas establecidas; me tenía que marchar y eso
me aliviaba a la vez que molestaba. Por nada del mundo quería
irme; estaba en una nube, no sabía qué me ocurría
pero era excitante.
Oímos un ruido de llaves que abrieron la puerta, apareciendo
el capitán Esteras; observé el cambio de sonrisa
en Julia, parecía más molesta que alegre por
la llegada de su marido. Venía con una cartera y vestido
con el uniforme de militar, pero no con el traje que llevó
al entierro de la señora Socorro. Me percaté
que parecía muy mayor, su rostro severo y sus ojos
vidriosos, nada tenían que ver con los del día
que lo conocí. Esos ojos ya los había visto
antes ¿Pegaría a Julia? Me planteé esta
cuestión varias veces. Sonó su voz fuerte, autoritaria,
preguntándome:
—¿Aún sigues aquí? Espero que aproveches
bien el tiempo; el comandante está muy interesado en
tu formación y supongo que ahora, que se ha quedado
solo, serás su única preocupación.
—Sí, señor, la señora me exige
mucho y yo estoy muy agradecido. Ya me iba… Hasta el
martes, señora Julia. Adiós, señor Esteras.
Sin mirarme encaminó sus pasos hacia el dormitorio,
cerró la puerta tras él y sus órdenes
llegaban secas, como las que emite un martillo golpeando sobre
el yunque.
—¡Julia!: prepárame la ropa de campaña.
Parto mañana a unas maniobras, serán de cuatro
días.
—Prometiste llevarme a Madrid este fin de semana.
—¿Prometer?, un militar solo puede prometer su
amor y entrega a la patria.
La miré y estaba muy triste, había cambiado
su sonrisa, la alegría de su cara, por otra de pena.
Me dirigí hacia la puerta y ella salió a despedirme,
una vez en el umbral me giré para decirle adiós
y entonces me dio un beso en la cara y creí morir,
otra vez rojo por la situación. No acerté a
decir nada y no di ni un paso cuando me volví y allí
estaba, mirándome, con esa sonrisa de ángel,
de nuevo transformada, y le dije:
—¿Puedo venir mañana? —¡Joder!,
pero qué he hecho, estoy loco, qué atrevimiento—.
Discúlpeme, por favor.
—¡Claro que puedes!, te estaré esperando
a la misma hora. Anda, vete que tengo muchas cosas que hacer
y pensar.
Me guiñó un ojo y volvió para adentro,
oí desde el otro lado el correr del cerrojo. Salí
corriendo como alma que lleva el diablo. En la calle resoplé
y una sonrisa pícara se dibujó en mi cara, estaba
feliz. Creo que me estoy volviendo a enamorar —pensé.
No había pasado una semana desde que sorprendí
a Sonia con otro y ya la había olvidado o, al menos,
eso creía.
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Ya sabe el
dicho: ¨Un clavo saca otro clavo¨ y he de confesarle
que en mi caso era cierto.
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Hacía calor, así que en vez de irme a casa
decidí acercarme al parque a tomar un refresco y
disfrutar del momento. Estaba sentado en una terraza cuando
llegó Rafa, hacía tiempo que no lo veía
y nos dimos un caluroso abrazo. Me cuenta que trabaja en
un taller de coches y que está muy ilusionado.
—¿Y sigues saliendo con Alicia? — le
pregunté.
—Sí, y eso que era para unos días, ¿te
acuerdas?
—Sí —le dije moviendo la cabeza. Hubo
un momento de silencio y entonces me preguntó por
Sonia.
—Dice Alicia que has desaparecido, que no has vuelto
a escribirle.
Le conté lo que había visto en la Plaza de
Zocodover y que lo tuve tan claro que no necesité
pedirle explicaciones.
—¡Joder! Qué fuerte, yo me hubiera acercado
y le habría dicho de todo, ¡por puta!
—Rafa, las cosas no se hacen así, la gente
es libre de ir con quien quiera, no se puede retener a nadie
contra su voluntad.
—Es que tú eres demasiado bueno y la gente
se aprovecha de ti, debes espabilar. Si yo tuviera tu cuerpo
y tu fuerza, a más de uno le daría de hostias.
Respondí con una sonrisa sarcástica. Rafa
es buen chaval, un poco bruto pero de gran corazón
y muy amigo de sus amigos. Nos conocemos desde niños,
vivía en mi calle y, en alguna ocasión, tuve
que defenderle pues enseguida tiraba de puños.