Preparé
la cena como de costumbre. A la hora exacta tenía que
estar todo en la mesa. Pero mi cara no reflejaba la alegría
de mi corazón; él cenó leyendo el periódico
yo pensando en ti; “
un
mes ha pasado desde aquella tarde en que te abrí la
puerta por primera vez, ¿sabes? nunca me gustaron los
chicos rubios de ojos azules. Nunca entenderé cómo
alguien se puede enamorar por una simple mirada, por una sonrisa,
por muy tierna que sea. Pero ya da igual...hay algo especial
en ti que me tiene atrapada y que forma parte de mí.”
Terminamos de cenar y recogí la mesa, lavé los
platos y pasé a despedirme de mi marido con un ceremonial:
—Estoy cansada, me voy a dormir. ¿Te quedas?
—por primera vez fui feliz con la respuesta que deseaba
oír.
—Sí querida, aún tengo que revisar parte
de las órdenes de intendencia.
—No tardes mucho cariño —me acerqué
a él y le di un beso en la frente.
Feliz, muy feliz me fui a la cama, en mi pensamiento había
otras cosas que me hacían temblar, vibrar; mientras
me desnudaba notaba cómo mis pechos se endurecían.
Cuando me desperté, mi marido ya no estaba; no lo oí
acostarse ni tampoco cuando se fue, de todas formas eso ya
era rutina y poco importaba.
Entre sueños mi mente te trajo a mí, amado mío
y comencé a recordar cómo me quedé
dormida
pensando en ti, vida mía. Todo fue rápido como
casi siempre. Esta vez no acaricié mis pezones. Estaba
muy húmeda, y suave, muy suavemente exploré
cada milímetro de mi sexo; luego con toda mi energía,
hasta que mi corazón empezó a trotar y una inyección
de calor recorrió mi cuerpo hasta sentirlo en las mejillas.
¡Qué placer! Me quedé dormida en cuestión
de segundos no sin antes decirte en voz alta:"te quiero"
¿No me oíste?
No, no estoy loca ¿o sí?, —me pregunto—.
Y si lo estoy es de deseo, te deseo tanto que me duele pensarlo.
Y así, soñando contigo, volví a quedarme
dormida de nuevo.
…………………………………………….
—¿Está
llorando Doménico?
—Sí, es una carta de amor sin límites
y yo no la creí, de haberlo sabido quizás
hubiese podido evitar lo que le ocurrió.
—Tampoco lo sabía, así que no se culpe
por ello.
—Gracias.
……………………………………………
Mamá Vega se alegró cuando llegué temprano
a cenar, sobre todo por mi sonrisa, llevaba días
muy triste, preocupado. A ella no le hacía falta
que le contara nada pues como madre y como mujer, sabía
que algo relacionado con el corazón me ocurría.
Yo he sido siempre muy discreto y prudente, aunque bastante
extrovertido. De esta forma fingía ante los demás
mi verdadero estado de ánimo, por supuesto también
ante mi madre, quizás más con ella que con
nadie pues no podía permitir que sufriera por nada.
Así que ante ella todo iba siempre bien. Decidí
que por nada del mundo le contaría que me había
enamorado de mi profesora de inglés, no solo por
su edad sino también por estar casada, lo cual le
daría un plus de preocupación.
No me importaba que Julia me rechazara por ser demasiado
joven o por estar casada, solo quería volverla a
ver y a soñar con esos besos que me había
dado. Esos momentos con ella nadie me los podría
robar, eran míos y conmigo irían siempre.
Curioso es que, según lo escrito por ella en su diario,
conforme avanzaba el día, cada uno por nuestro lado,
estábamos igual de nerviosos. Casi a la misma hora,
ambos comimos por separado, pero en nuestro corazón
estábamos juntos.
Los mismos pensamientos que yo tenía se dibujaban
en su cerebro y ella también temía ser rechazada
por mí.
……..………………………………..
Permítame
leer lo que escribió ese día:
“Dios mío tu sabes que no es una aventura ni
un capricho, es amor lo que siento por Doménico y
nada me importa en estos momentos que no sea el saber que
en horas lo tendré ante mí.
Cariño, después de arreglar la casa, me di
una vuelta por el armario, —me pregunto— ¿Cómo
te gustaría verme?
Empiezo por el cabello, busco una imagen juvenil, abro cajones
buscando algo que no sea la ropa tipo lady inglesa que visto
habitualmente para parecer más mayor y así
no hacer resaltar la diferencia de edad entre Jesús
y yo. Ahora en cambio, busco lo contrario para que me veas
joven y alegre. Te quiero”.
…………………………………….
Julia recibió una educación religiosa muy
austera y disciplinada en el colegio Esclavas del Sagrado
Corazón de Córdoba; era una entusiasta con
los deberes parroquiales, quizás influida por su
educación ferviente en el amor a Dios o en la amistad
y el carácter de la señora Socorro. Siempre
vestía de modo recatado, faldas largas o trajes de
chaqueta, con colores poco llamativos y nunca usaba maquillaje.
De ahí su entusiasmo e interés en buscar ropa
distinta de su fondo de armario.
Después de comer me duché y rasuré
con la navaja que se dejó mi padre, tiré de
vaqueros y lo acompañé de una camisa azul;
quizás usé demasiada colonia, pues mamá
Vega me dijo que con tanto perfume en vez de conquistarla
la emborracharía. Nos reímos y le dije:
—Que listas sois las madres.
Me respondió con una sonrisa de complicidad.
Antes de salir de la habitación me eché la
última ojeada en el espejo del armario y observé
que el cuello lo llevaba desnudo y conociendo el carácter
religioso de Julia seguro que le gustaría verme con
algún símbolo cristiano, —acerté
a pensar—. Eso me suponía un contratiempo pues
no tenía ninguna medalla, ni cruz, debido a que soy
agnóstico, entonces me acordé de la medalla
que había en la caja metálica; dudé
en ponérmela pues su procedencia me resultaba desagradable.
Tras un rato pensando decidí hacerlo. Busqué
en el fondo de mi armario y saqué la caja oxidada,
con mucho recelo la abrí y allí estaba envuelta,
como oro en paño. La tomé y la miré
por primera vez con interés. Por una cara tenía
una imagen de Santiago el Apóstol. En una mano llevaba
una cruz y en la otra una espada. El reverso presentaba
una frase en latín, por lo que di por hecho que sería
un símbolo cristiano y me la puse.
Al ir a despedirme de mamá Vega, se me quedó
mirando y me dijo:
—¿Dónde vas Don Juan?, pensé
que irías a la piscina, ¿hoy qué, no
tienes clases de inglés?
—¡Ya!, verás mamá…esto…he
quedado con Rafa.
—¡Mmm!, muy guapo te has puesto para ver a tu
amigo que está trabajando y no termina hasta dentro
de tres horas.
—¡Ma_máa! — le dije en un tono
burlón sacando los labios juntos hacia afuera.
—Sé bueno y respétala.
—¡Sí!, lo haré.
De mi casa a la de Julia no había ni dos minutos,
así que crucé el parque para despistar a mi
madre, pues seguro que se asomaría a la ventana tratando
de ver hacia dónde dirigía mis pasos.
Una vez que entendí que había despistado a
mi observadora especial, me encaminé a casa de Julia.
Ahora sí que estaba nervioso. Hacía mucho
calor y por la espalda me corría un sudor frío.
Llamé con mucho miedo por si su marido aún
no hubiera partido de maniobras. Mis dudas y miedos quedaron
resueltos al momento. Se abrió la puerta y allí
estaba ella, resplandeciente, su mirada profunda, brillante;
su sonrisa sincera, cautivadora, se dirigió a mí,
saludándome; su boca pareció dibujar un corazón;
vestía una camiseta ajustada que resaltaban sus pechos,
una cruz de oro de fino grosor con un Cristo colgaba de
su cuello de cisne, unos pendientes pequeños de oro
adornaban el lóbulo de sus orejas, y unas manoletinas,
del mismo color que los vaqueros, cubrían sus pies.
—Pasa, Doménico ¡Pero qué bien
hueles, chico!
—Gracias, y usted está muy guapa.
—¡Ay! Chiquillo, qué cosas me dices.
Venga, vamos a tomar algo fresquito, ¿qué
te apetece?
—No lo sé, ¿qué beberá
usted?
—Pues mira, prepararé algo que me recuerda
a mis años de juventud.
—No diga eso señora Julia, usted es muy joven.
—Pues, si lo soy ¿por qué me hablas
de usted?, deberías tutearme si de verdad me ves
joven. Además, somos amigos y los amigos no se hablan
de usted, ¿no crees?
—Sí, señora Julia, perdón Julia.
—Mejor así. ¿Entonces te apetece un
refresco de mi tierra?
—¡Sí claro!, —dije nervioso con
sensación de estar haciendo el gilipollas.
Me devolvió otra de sus sonrisas y marchó
hacia la cocina. Aproveché para relajarme, eran demasiadas
sensaciones de torpeza en mi comportamiento lo que me tenía
en un estado de ansiedad. Di una ojeada rápida por
el salón, las ventanas abiertas y las persianas bajadas;
un potente ventilador hacía correr el aire y parecer
que la sensación térmica fuese más
suave, menos sofocante; tranquilamente, fui adaptando la
vista a la poca luz que había en el salón.
Regresó con dos vasos llenos de hielo y del mueble
bar sacó dos botellas. Echó de la primera
de ellas en los vasos hasta un tercio de su altura, y a
continuación lo rellenó con la otra. Todo
lo removió con una cuchara. Está dulce, buenísimo,
pensé.
—¿Qué es Julia?, —pregunté,
diciendo su nombre con miedo.
—Vodka con granadina. ¿Te gusta?
—Sí —asentí con una sonrisa.
—Pues bebe, que voy a por más hielo y nos preparamos
otro.
Antes de salir se dirigió al mueble y conectó
el tocadiscos, miró los discos que tenía y
puso uno de Adamo.
—Espero que te guste, a mí me chifla. Ahora
vuelvo con algo para picar y más hielo.
Me bebí mi copa de dos tragos y ella tanto de lo
mismo; preparó otra copa y se sentó a mi lado
en un sofá de tres plazas lleno de cojines, los tiró
hacia el sillón de enfrente, eran de color marrón
con estampados de flores color amarillo, a juego con las
cortinas.
No paramos de hablar —más bien ella era la
más habladora, pues yo solo sabía mirarla,
a veces a los ojos, cuando creía que no se daba cuenta,
a los pechos. Me contó lo poco que le importaba ya
su marido, alegrándose que se hubiera marchado y
sobre todo que yo estuviera allí en esos momentos
de soledad. Se sentía muy sola y con la sensación
de estar abandonada —me siguió contando—.
Yo no sabía dónde mirar ya, cuando sus ojos
se me clavaban; de improviso, tomándome del brazo
me pidió que bailara con ella.
—No sé bailar — le dije con mucho miedo.
—¿No? Pues ya es hora que un chico tan guapo
aprenda.
Rodeó mi cuello con sus brazos y yo su cintura con
los míos, como decía la canción:
—Ahora, déjate llevar —me dijo.
Su aliento fresco, el olor de su piel hidratada con aceite
me llegaba hasta lo más profundo; sus manos suaves,
delicadas jugaban con mis cabellos. Llevado por la inercia
del momento acerqué mis labios a su cara, despacio
como si no quisiera tocarla, besé sus mejillas, sus
oídos, lentamente fui hacia el entorno de su cuello,
dándole pequeños mordiscos con los labios,
al mismo tiempo mis manos apretaban su cuerpo contra el
mío, notando como ella hacía lo mismo; como
si quisiéramos fundirnos en uno solo.
Sonaba la música, el tiempo se detenía y yo
hacía mías las letras de las canciones que
oíamos;
…...
Y mis manos
en tu cintura
pero mírame con dulzor
porque tendrás la aventura
…
Me dejaba llevar, estaba en un estado de embriaguez por
la atmósfera de amor y sexo que había en el
ambiente, parecía que estuviéramos flotando,
era un universo donde solo cabía el deseo, donde
si nuestras fantasías se hacían realidad,
entonces estaríamos preparados a tener más
y más imaginación para que aquello no fuera
una utopía.
De pronto nuestros labios se encontraron, la miré
como pidiendo autorización, ella me sonrió
y cerró sus ojos, yo hice lo propio. Fue un beso
largo, con ímpetu, salvaje. Mis manos recorrían
pausadamente su espalda, nuestras bocas seguían pegadas
y solo se separaban para tomar bocanadas de aire caliente
movido por el ventilador que, en su alocado girar, parecía
estar disfrutando también de ese momento mágico.
De pie, en el centro del salón, comencé a
deslizar mis dedos por dentro de su camiseta. Julia disfrutaba
del momento, su respiración eran suspiros entrecortados
y mostraba el deseo de que continuara subiendo. Entonces
intenté quitarle el sujetador. Mi impericia hizo
que me retirara las manos. Nos separamos, se me quedó
mirando y me dijo:
—¿No vas muy deprisa?, ¡por Dios, Doménico!
¿Qué estamos haciendo?, estoy casada. Si se
entera mi marido nos mata.
Me quedé petrificado, no había palabras, ni
gestos, que pudieran sacarme de esa situación de
congoja. De nuevo me sentí turbado y con ganas de
salir corriendo, desaparecer.
—No, mi niño —me dijo, notando y viendo
el estado en el que me había quedado—. No te
aturdas, he sido yo. En mi soledad, en mis sueños
ocultos te he empujado hacia una aventura, quizás
solo deseada por mí. Me muero de ganas de verte,
tocarte, acariciarte. No he conocido otro hombre distinto
a mi esposo, pero en mis sueños, en mis fantasías,
solo estás tú y ahora no se qué hacer.
—Te amo Julia, no quiero que esto sea efímero,
un simple calentón de verano. Es una locura sí,
pero de amor; no es solo sexo. Si lo deseas te esperaré,
sabré guardar silencio sobre lo nuestro. Nadie sabrá
nunca nada, antes morir que herir tu honorabilidad.
—Te adoro, mi niño precioso. Son las palabras
más bonitas que jamás haya oído ninguna
amante.
Dos segundos, tres quizás, y nos abrazamos con pasión
y fuerza, pero mis brazos y manos eran todo delicadeza cuando
recorren su espalda. No había luz en el salón,
solo podíamos vernos con la que nos llegaba, de manera
muy tenue, a través de la ventana de la calle, colándose
de forma furtiva por los agujeros de las persianas bajadas.
Solo podía ver nuestras figuras chinescas en la pared,
pero sentía que me miraba y nuestras bocas se deseaban.
Cómo me gustaba besarla, morderla, saborearla, beber
de su boca.
Me cogió de las manos y me llevó a su habitación;
no sé si me desnudó o me desnudé. Desde
el salón llegaban las melodías de Adamo.
.…
Tu amor de
noche me llegó
Y un claro día se me fue
Maldigo el sol que se llevó…
….
—Ya solo lo escucharé contigo...—me
susurraba Julia—. Eres especial, quiero que me tomes
por la cintura, que me muevas al compás de la música,
sentir que mi cuerpo es tuyo.
Aprecié cómo se desnudaba y se tendía
sobre mí. Tan solo unas pequeñas bragas tapaban
su lugar más íntimo. Comencé a besar
su cuerpo con frenesí, como si se tratara de saber
cuánto tiempo se tarda en besar un cuerpo desnudo
entero; poniendo su mano en mi boca, me dijo con voz ahogada:
—Quiero que me devores con ternura. Quiero sentir
tu lengua en mis pechos y me vuelvas loca. ¡Sí!,
así, primero uno luego el otro. No corras, mi niño.
Tú los quieres y ellos te adoran. Sabes que ardo
en deseos de que me tomes, de que bajes a apagar mi fuego.
Me duele tanto placer. Tu lengua es como un bálsamo
y no puedo reprimir más mis gemidos.
Yo solo hacía lo que ella me pedía. Con brusquedad
me dio la vuelta y sujetó los brazos por las muñecas,
comenzó a besarme todo el cuerpo, primero los ojos,
cerrándolos con sus labios, sentí su alma
en mi cerebro; luego la boca, el cuello, la sangre fluía
con vertiginoso ritmo; permanecí inmóvil;
sus manos en mi pecho, el vientre…, continuaba besándome,
mordisqueándome, siguió bajando, sentí
la humedad de su lengua alrededor de mi sexo, luego lo introdujo
en su boca, sus labios lo retuvieron; mi corazón
latía, mi respiración quedó suspendida,
por momentos creí morir, iba a estallar. Se dio cuenta
y la retiró, era como un castigo por mi precocidad,
cuando creyó que se habían apagado las ganas
de eyacular, se subió encima de mí, levantó
sus caderas, las bajó; sus manos elevaban mi cabeza
para que besase sus pechos. Juntos iniciamos el trayecto
final, aquel en el que los amantes alcanzan el clímax
al mismo tiempo. Sus gritos me llevaron hacia una situación
en la que no sabía si ser delicado o salvaje. Sus
uñas se clavaron en mi pecho, llevándose jirones
de mi piel.
Nos quedamos tendidos uno junto al otro, su cabeza recostada
sobre mí; desde mi posición, en penumbra,
trataba de ver toda su figura desnuda, ya no llegaba luz
del exterior a través de los agujeros de la persiana,
solo del salón unos rayos de una lámpara que
dejó encendida. El ventilador seguía con su
rotación monótona y el aire caliente que movía
nos reconfortaba y se agradecía.
Su mano jugaba con mi medalla, entonces encendió
la lámpara de la mesita. Ante mí, su cuerpo
desnudo, era lo más bello. Inclinó su cabeza
hacia mi pecho, tomó la medalla y la miró…,
miró el reloj y sin soltar la medalla me preguntó,
—¿Quién te ha regalado esta medalla
tan bonita?
Por ese instinto y esa desconfianza hacia todo, que ha ido
creciendo en mí desde mi más tierna infancia,
respondí que me la había encontrado.
—¿Te la encontraste? O es un regalo de alguna
chica que no me quieres contar.
—No, en serio. La encontré un día cerca
de la catedral.
—Creo que me estás ocultando algo. Esa medalla
es especial, mi marido tiene una igual.
—¿No pensarás que se la he robado?
—No, no te creo capaz de eso, Doménico. Es
tarde, tienes que irte. Procura no encender la luz de la
escalera.
…………………………………
—Señor
Aspartana, creo que se está desviando del asunto
por el que nos encontramos aquí, ¿de verdad
cree necesario que me tiene que contar esta parte intima
de su relación, para saber a cuantos y por qué
los asesinó?
—Sí, lo creo y por eso se lo cuento, quiero
que sepa que entre ella y yo no era solo sexo sino que era
amor lo que existía. Así que continúo.
Se lo debo a ella. Tenga paciencia.
…………………………………
Nunca hubiese pensado que Julia tuviera tanta experiencia
en esta materia. Quizás su forma de vestir o quizás
por ser tan religiosa y educada, me llevaron a juzgarla
antes de tiempo y de forma equivocada, de lo cual me alegro.
Me vestí rápido y decidí salir, cuando
ella, ahora cubierta por una sábana, se me abrazó;
me pidió disculpas por ser tan brusca.
—Te quiero mi niño —me dijo— pero
ahora te tienes que marchar y por favor no cuentes nada
a nadie.
—No lo haré, queda tranquila.
Nos volvimos a besar y nos despedimos con un hasta luego.
Nadie me vio salir, así evité tener que dar
explicaciones. Me fui feliz, muy feliz. Creo que estaba
locamente enamorado, sentía cosas distintas a las
que sentía con Sonia. No quería irme a casa,
me hubiera gustado pregonarlo a los cuatro vientos, es un
decir, pues no había ni una brizna de aire. El calor
en la calle era sofocante. Me apetecía tomar algo.
De repente en mi cerebro apareció su silueta con
los vasos en la mano, creándome la necesidad de beber
un vodka con granadina. De esa forma ella estaría
a mi lado —me dije.