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EL LIBRERO DE TOLEDO

CAPÍTULO 5

El diario de Julia

“En toda historia de amor siempre hay algo que nos acerca a la eternidad y a la esencia de la vida, porque las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo”

Paulo Coelho

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—Días después de llegar a Córdoba, Julia me escribió una carta a modo de diario en donde me escribía todo lo que va a escuchar.
—¿Y qué hizo al respecto?
—Nada, no pude hacer nada. Me la entregaron años después.

—¿Quién?
—No adelantemos acontecimientos.
—Me parece bien.
—Si me permite voy a leerle lo que escribió esa noche cuando me fui.

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Querido Doménico: con tu marcha me he quedado triste y a la vez feliz. Mientras preparo la bolsa de campaña, no puedo dejar de cantar, ¿cómo podía imaginar yo, que a mis treinta años alguien tan joven me hiciera sentir mariposas en el estómago? También sé que soy mayor, sin embargo me haces sentir como una niña.

Preparé la cena como de costumbre. A la hora exacta tenía que estar todo en la mesa. Pero mi cara no reflejaba la alegría de mi corazón; él cenó leyendo el periódico yo pensando en ti; “un mes ha pasado desde aquella tarde en que te abrí la puerta por primera vez, ¿sabes? nunca me gustaron los chicos rubios de ojos azules. Nunca entenderé cómo alguien se puede enamorar por una simple mirada, por una sonrisa, por muy tierna que sea. Pero ya da igual...hay algo especial en ti que me tiene atrapada y que forma parte de mí.
Terminamos de cenar y recogí la mesa, lavé los platos y pasé a despedirme de mi marido con un ceremonial:
—Estoy cansada, me voy a dormir. ¿Te quedas? —por primera vez fui feliz con la respuesta que deseaba oír.
—Sí querida, aún tengo que revisar parte de las órdenes de intendencia.
—No tardes mucho cariño —me acerqué a él y le di un beso en la frente.
Feliz, muy feliz me fui a la cama, en mi pensamiento había otras cosas que me hacían temblar, vibrar; mientras me desnudaba notaba cómo mis pechos se endurecían. Cuando me desperté, mi marido ya no estaba; no lo oí acostarse ni tampoco cuando se fue, de todas formas eso ya era rutina y poco importaba.
Entre sueños mi mente te trajo a mí, amado mío y comencé a recordar cómo me quedé dormida pensando en ti, vida mía. Todo fue rápido como casi siempre. Esta vez no acaricié mis pezones. Estaba muy húmeda, y suave, muy suavemente exploré cada milímetro de mi sexo; luego con toda mi energía, hasta que mi corazón empezó a trotar y una inyección de calor recorrió mi cuerpo hasta sentirlo en las mejillas. ¡Qué placer! Me quedé dormida en cuestión de segundos no sin antes decirte en voz alta:"te quiero" ¿No me oíste?
No, no estoy loca ¿o sí?, —me pregunto—. Y si lo estoy es de deseo, te deseo tanto que me duele pensarlo. Y así, soñando contigo, volví a quedarme dormida de nuevo.

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—¿Está llorando Doménico?
—Sí, es una carta de amor sin límites y yo no la creí, de haberlo sabido quizás hubiese podido evitar lo que le ocurrió.
—Tampoco lo sabía, así que no se culpe por ello.
—Gracias.
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Mamá Vega se alegró cuando llegué temprano a cenar, sobre todo por mi sonrisa, llevaba días muy triste, preocupado. A ella no le hacía falta que le contara nada pues como madre y como mujer, sabía que algo relacionado con el corazón me ocurría.
Yo he sido siempre muy discreto y prudente, aunque bastante extrovertido. De esta forma fingía ante los demás mi verdadero estado de ánimo, por supuesto también ante mi madre, quizás más con ella que con nadie pues no podía permitir que sufriera por nada. Así que ante ella todo iba siempre bien. Decidí que por nada del mundo le contaría que me había enamorado de mi profesora de inglés, no solo por su edad sino también por estar casada, lo cual le daría un plus de preocupación.
No me importaba que Julia me rechazara por ser demasiado joven o por estar casada, solo quería volverla a ver y a soñar con esos besos que me había dado. Esos momentos con ella nadie me los podría robar, eran míos y conmigo irían siempre.
Curioso es que, según lo escrito por ella en su diario, conforme avanzaba el día, cada uno por nuestro lado, estábamos igual de nerviosos. Casi a la misma hora, ambos comimos por separado, pero en nuestro corazón estábamos juntos.
Los mismos pensamientos que yo tenía se dibujaban en su cerebro y ella también temía ser rechazada por mí.

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Permítame leer lo que escribió ese día:
“Dios mío tu sabes que no es una aventura ni un capricho, es amor lo que siento por Doménico y nada me importa en estos momentos que no sea el saber que en horas lo tendré ante mí.
Cariño, después de arreglar la casa, me di una vuelta por el armario, —me pregunto— ¿Cómo te gustaría verme?
Empiezo por el cabello, busco una imagen juvenil, abro cajones buscando algo que no sea la ropa tipo lady inglesa que visto habitualmente para parecer más mayor y así no hacer resaltar la diferencia de edad entre Jesús y yo. Ahora en cambio, busco lo contrario para que me veas joven y alegre. Te quiero”.
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Julia recibió una educación religiosa muy austera y disciplinada en el colegio Esclavas del Sagrado Corazón de Córdoba; era una entusiasta con los deberes parroquiales, quizás influida por su educación ferviente en el amor a Dios o en la amistad y el carácter de la señora Socorro. Siempre vestía de modo recatado, faldas largas o trajes de chaqueta, con colores poco llamativos y nunca usaba maquillaje. De ahí su entusiasmo e interés en buscar ropa distinta de su fondo de armario.
Después de comer me duché y rasuré con la navaja que se dejó mi padre, tiré de vaqueros y lo acompañé de una camisa azul; quizás usé demasiada colonia, pues mamá Vega me dijo que con tanto perfume en vez de conquistarla la emborracharía. Nos reímos y le dije:
—Que listas sois las madres.
Me respondió con una sonrisa de complicidad.
Antes de salir de la habitación me eché la última ojeada en el espejo del armario y observé que el cuello lo llevaba desnudo y conociendo el carácter religioso de Julia seguro que le gustaría verme con algún símbolo cristiano, —acerté a pensar—. Eso me suponía un contratiempo pues no tenía ninguna medalla, ni cruz, debido a que soy agnóstico, entonces me acordé de la medalla que había en la caja metálica; dudé en ponérmela pues su procedencia me resultaba desagradable. Tras un rato pensando decidí hacerlo. Busqué en el fondo de mi armario y saqué la caja oxidada, con mucho recelo la abrí y allí estaba envuelta, como oro en paño. La tomé y la miré por primera vez con interés. Por una cara tenía una imagen de Santiago el Apóstol. En una mano llevaba una cruz y en la otra una espada. El reverso presentaba una frase en latín, por lo que di por hecho que sería un símbolo cristiano y me la puse.
Al ir a despedirme de mamá Vega, se me quedó mirando y me dijo:
—¿Dónde vas Don Juan?, pensé que irías a la piscina, ¿hoy qué, no tienes clases de inglés?
—¡Ya!, verás mamá…esto…he quedado con Rafa.
—¡Mmm!, muy guapo te has puesto para ver a tu amigo que está trabajando y no termina hasta dentro de tres horas.
—¡Ma_máa! — le dije en un tono burlón sacando los labios juntos hacia afuera.
—Sé bueno y respétala.
—¡Sí!, lo haré.
De mi casa a la de Julia no había ni dos minutos, así que crucé el parque para despistar a mi madre, pues seguro que se asomaría a la ventana tratando de ver hacia dónde dirigía mis pasos.
Una vez que entendí que había despistado a mi observadora especial, me encaminé a casa de Julia. Ahora sí que estaba nervioso. Hacía mucho calor y por la espalda me corría un sudor frío. Llamé con mucho miedo por si su marido aún no hubiera partido de maniobras. Mis dudas y miedos quedaron resueltos al momento. Se abrió la puerta y allí estaba ella, resplandeciente, su mirada profunda, brillante; su sonrisa sincera, cautivadora, se dirigió a mí, saludándome; su boca pareció dibujar un corazón; vestía una camiseta ajustada que resaltaban sus pechos, una cruz de oro de fino grosor con un Cristo colgaba de su cuello de cisne, unos pendientes pequeños de oro adornaban el lóbulo de sus orejas, y unas manoletinas, del mismo color que los vaqueros, cubrían sus pies.
—Pasa, Doménico ¡Pero qué bien hueles, chico!
—Gracias, y usted está muy guapa.
—¡Ay! Chiquillo, qué cosas me dices. Venga, vamos a tomar algo fresquito, ¿qué te apetece?
—No lo sé, ¿qué beberá usted?
—Pues mira, prepararé algo que me recuerda a mis años de juventud.
—No diga eso señora Julia, usted es muy joven.
—Pues, si lo soy ¿por qué me hablas de usted?, deberías tutearme si de verdad me ves joven. Además, somos amigos y los amigos no se hablan de usted, ¿no crees?
—Sí, señora Julia, perdón Julia.
—Mejor así. ¿Entonces te apetece un refresco de mi tierra?
—¡Sí claro!, —dije nervioso con sensación de estar haciendo el gilipollas.
Me devolvió otra de sus sonrisas y marchó hacia la cocina. Aproveché para relajarme, eran demasiadas sensaciones de torpeza en mi comportamiento lo que me tenía en un estado de ansiedad. Di una ojeada rápida por el salón, las ventanas abiertas y las persianas bajadas; un potente ventilador hacía correr el aire y parecer que la sensación térmica fuese más suave, menos sofocante; tranquilamente, fui adaptando la vista a la poca luz que había en el salón.
Regresó con dos vasos llenos de hielo y del mueble bar sacó dos botellas. Echó de la primera de ellas en los vasos hasta un tercio de su altura, y a continuación lo rellenó con la otra. Todo lo removió con una cuchara. Está dulce, buenísimo, pensé.
—¿Qué es Julia?, —pregunté, diciendo su nombre con miedo.
—Vodka con granadina. ¿Te gusta?
—Sí —asentí con una sonrisa.
—Pues bebe, que voy a por más hielo y nos preparamos otro.
Antes de salir se dirigió al mueble y conectó el tocadiscos, miró los discos que tenía y puso uno de Adamo.
—Espero que te guste, a mí me chifla. Ahora vuelvo con algo para picar y más hielo.
Me bebí mi copa de dos tragos y ella tanto de lo mismo; preparó otra copa y se sentó a mi lado en un sofá de tres plazas lleno de cojines, los tiró hacia el sillón de enfrente, eran de color marrón con estampados de flores color amarillo, a juego con las cortinas.
No paramos de hablar —más bien ella era la más habladora, pues yo solo sabía mirarla, a veces a los ojos, cuando creía que no se daba cuenta, a los pechos. Me contó lo poco que le importaba ya su marido, alegrándose que se hubiera marchado y sobre todo que yo estuviera allí en esos momentos de soledad. Se sentía muy sola y con la sensación de estar abandonada —me siguió contando—. Yo no sabía dónde mirar ya, cuando sus ojos se me clavaban; de improviso, tomándome del brazo me pidió que bailara con ella.
—No sé bailar — le dije con mucho miedo.
—¿No? Pues ya es hora que un chico tan guapo aprenda.
Rodeó mi cuello con sus brazos y yo su cintura con los míos, como decía la canción:
—Ahora, déjate llevar —me dijo.
Su aliento fresco, el olor de su piel hidratada con aceite me llegaba hasta lo más profundo; sus manos suaves, delicadas jugaban con mis cabellos. Llevado por la inercia del momento acerqué mis labios a su cara, despacio como si no quisiera tocarla, besé sus mejillas, sus oídos, lentamente fui hacia el entorno de su cuello, dándole pequeños mordiscos con los labios, al mismo tiempo mis manos apretaban su cuerpo contra el mío, notando como ella hacía lo mismo; como si quisiéramos fundirnos en uno solo.
Sonaba la música, el tiempo se detenía y yo hacía mías las letras de las canciones que oíamos;

    …...
    Y mis manos en tu cintura
    pero mírame con dulzor
    porque tendrás la aventura

Me dejaba llevar, estaba en un estado de embriaguez por la atmósfera de amor y sexo que había en el ambiente, parecía que estuviéramos flotando, era un universo donde solo cabía el deseo, donde si nuestras fantasías se hacían realidad, entonces estaríamos preparados a tener más y más imaginación para que aquello no fuera una utopía.
De pronto nuestros labios se encontraron, la miré como pidiendo autorización, ella me sonrió y cerró sus ojos, yo hice lo propio. Fue un beso largo, con ímpetu, salvaje. Mis manos recorrían pausadamente su espalda, nuestras bocas seguían pegadas y solo se separaban para tomar bocanadas de aire caliente movido por el ventilador que, en su alocado girar, parecía estar disfrutando también de ese momento mágico.
De pie, en el centro del salón, comencé a deslizar mis dedos por dentro de su camiseta. Julia disfrutaba del momento, su respiración eran suspiros entrecortados y mostraba el deseo de que continuara subiendo. Entonces intenté quitarle el sujetador. Mi impericia hizo que me retirara las manos. Nos separamos, se me quedó mirando y me dijo:
—¿No vas muy deprisa?, ¡por Dios, Doménico! ¿Qué estamos haciendo?, estoy casada. Si se entera mi marido nos mata.
Me quedé petrificado, no había palabras, ni gestos, que pudieran sacarme de esa situación de congoja. De nuevo me sentí turbado y con ganas de salir corriendo, desaparecer.
—No, mi niño —me dijo, notando y viendo el estado en el que me había quedado—. No te aturdas, he sido yo. En mi soledad, en mis sueños ocultos te he empujado hacia una aventura, quizás solo deseada por mí. Me muero de ganas de verte, tocarte, acariciarte. No he conocido otro hombre distinto a mi esposo, pero en mis sueños, en mis fantasías, solo estás tú y ahora no se qué hacer.
—Te amo Julia, no quiero que esto sea efímero, un simple calentón de verano. Es una locura sí, pero de amor; no es solo sexo. Si lo deseas te esperaré, sabré guardar silencio sobre lo nuestro. Nadie sabrá nunca nada, antes morir que herir tu honorabilidad.
—Te adoro, mi niño precioso. Son las palabras más bonitas que jamás haya oído ninguna amante.
Dos segundos, tres quizás, y nos abrazamos con pasión y fuerza, pero mis brazos y manos eran todo delicadeza cuando recorren su espalda. No había luz en el salón, solo podíamos vernos con la que nos llegaba, de manera muy tenue, a través de la ventana de la calle, colándose de forma furtiva por los agujeros de las persianas bajadas. Solo podía ver nuestras figuras chinescas en la pared, pero sentía que me miraba y nuestras bocas se deseaban. Cómo me gustaba besarla, morderla, saborearla, beber de su boca.
Me cogió de las manos y me llevó a su habitación; no sé si me desnudó o me desnudé. Desde el salón llegaban las melodías de Adamo.
    .…
    Tu amor de noche me llegó
    Y un claro día se me fue
    Maldigo el sol que se llevó…

    ….

—Ya solo lo escucharé contigo...—me susurraba Julia—. Eres especial, quiero que me tomes por la cintura, que me muevas al compás de la música, sentir que mi cuerpo es tuyo.
Aprecié cómo se desnudaba y se tendía sobre mí. Tan solo unas pequeñas bragas tapaban su lugar más íntimo. Comencé a besar su cuerpo con frenesí, como si se tratara de saber cuánto tiempo se tarda en besar un cuerpo desnudo entero; poniendo su mano en mi boca, me dijo con voz ahogada:
—Quiero que me devores con ternura. Quiero sentir tu lengua en mis pechos y me vuelvas loca. ¡Sí!, así, primero uno luego el otro. No corras, mi niño. Tú los quieres y ellos te adoran. Sabes que ardo en deseos de que me tomes, de que bajes a apagar mi fuego. Me duele tanto placer. Tu lengua es como un bálsamo y no puedo reprimir más mis gemidos.
Yo solo hacía lo que ella me pedía. Con brusquedad me dio la vuelta y sujetó los brazos por las muñecas, comenzó a besarme todo el cuerpo, primero los ojos, cerrándolos con sus labios, sentí su alma en mi cerebro; luego la boca, el cuello, la sangre fluía con vertiginoso ritmo; permanecí inmóvil; sus manos en mi pecho, el vientre…, continuaba besándome, mordisqueándome, siguió bajando, sentí la humedad de su lengua alrededor de mi sexo, luego lo introdujo en su boca, sus labios lo retuvieron; mi corazón latía, mi respiración quedó suspendida, por momentos creí morir, iba a estallar. Se dio cuenta y la retiró, era como un castigo por mi precocidad, cuando creyó que se habían apagado las ganas de eyacular, se subió encima de mí, levantó sus caderas, las bajó; sus manos elevaban mi cabeza para que besase sus pechos. Juntos iniciamos el trayecto final, aquel en el que los amantes alcanzan el clímax al mismo tiempo. Sus gritos me llevaron hacia una situación en la que no sabía si ser delicado o salvaje. Sus uñas se clavaron en mi pecho, llevándose jirones de mi piel.
Nos quedamos tendidos uno junto al otro, su cabeza recostada sobre mí; desde mi posición, en penumbra, trataba de ver toda su figura desnuda, ya no llegaba luz del exterior a través de los agujeros de la persiana, solo del salón unos rayos de una lámpara que dejó encendida. El ventilador seguía con su rotación monótona y el aire caliente que movía nos reconfortaba y se agradecía.
Su mano jugaba con mi medalla, entonces encendió la lámpara de la mesita. Ante mí, su cuerpo desnudo, era lo más bello. Inclinó su cabeza hacia mi pecho, tomó la medalla y la miró…, miró el reloj y sin soltar la medalla me preguntó,
—¿Quién te ha regalado esta medalla tan bonita?
Por ese instinto y esa desconfianza hacia todo, que ha ido creciendo en mí desde mi más tierna infancia, respondí que me la había encontrado.
—¿Te la encontraste? O es un regalo de alguna chica que no me quieres contar.
—No, en serio. La encontré un día cerca de la catedral.
—Creo que me estás ocultando algo. Esa medalla es especial, mi marido tiene una igual.
—¿No pensarás que se la he robado?
—No, no te creo capaz de eso, Doménico. Es tarde, tienes que irte. Procura no encender la luz de la escalera.

…………………………………
—Señor Aspartana, creo que se está desviando del asunto por el que nos encontramos aquí, ¿de verdad cree necesario que me tiene que contar esta parte intima de su relación, para saber a cuantos y por qué los asesinó?
—Sí, lo creo y por eso se lo cuento, quiero que sepa que entre ella y yo no era solo sexo sino que era amor lo que existía. Así que continúo. Se lo debo a ella. Tenga paciencia.
…………………………………

Nunca hubiese pensado que Julia tuviera tanta experiencia en esta materia. Quizás su forma de vestir o quizás por ser tan religiosa y educada, me llevaron a juzgarla antes de tiempo y de forma equivocada, de lo cual me alegro.
Me vestí rápido y decidí salir, cuando ella, ahora cubierta por una sábana, se me abrazó; me pidió disculpas por ser tan brusca.
—Te quiero mi niño —me dijo— pero ahora te tienes que marchar y por favor no cuentes nada a nadie.
—No lo haré, queda tranquila.
Nos volvimos a besar y nos despedimos con un hasta luego.
Nadie me vio salir, así evité tener que dar explicaciones. Me fui feliz, muy feliz. Creo que estaba locamente enamorado, sentía cosas distintas a las que sentía con Sonia. No quería irme a casa, me hubiera gustado pregonarlo a los cuatro vientos, es un decir, pues no había ni una brizna de aire. El calor en la calle era sofocante. Me apetecía tomar algo. De repente en mi cerebro apareció su silueta con los vasos en la mano, creándome la necesidad de beber un vodka con granadina. De esa forma ella estaría a mi lado —me dije.


Continuación: Del diario de Julia


Novela de © Manuel Peiteado. Fragmentos seleccionados de la trilogía "El librero de Toledo" para los lectores de la revista mis Repoelas.

(Toda la obra se encuentra protegida por los Derechos de Autor)



Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras