Mientras eso había ocurrido en casa de Julia, yo
continuaba relajado en el parque, saboreando mi copa, ajeno
a todo, pensando en ella, en mí, en los dos. Cogí
una servilleta para limpiarme el sudor del cuello y reparé
en la cadena y a continuación en la medalla. Me la
quité y la miré despacio, intentando leer
la inscripción pero no tenía ni pijotera idea
de latín para ese nivel, lo aprobé para salir
del paso y punto. Siempre fui de ciencias.
En cualquier caso, me llamó poderosamente la atención
la observación de Julia; palabras como “es
especial”, “mi
marido tiene una igual”, “me
ocultas algo”, resonaban en mis oídos
¿Qué habría querido decirme? ¿Por
qué de repente tanta prisa porque me marchara? Pienso
que estuve acertado en no confiar mi secreto, si la medalla
escondía algún turbio desenlace mejor callar
su procedencia. Pagué y marché a dormir, ya
era tarde.
Me desperté todo empapado en sudor, el aire que entraba
por las ventanas era caliente, de bochorno; puse el ventilador
y al menos noté una pequeña mejoría
en el ambiente seco de mi habitación, provocado por
falta de humedad tanto dentro como fuera. De la calle me
llegaban ruidos emitidos por los últimos en recogerse.
Temía esos momentos de soledad; cuando cerraba los
ojos mi mente se llenaba de recuerdos de mi infancia. Lloraba
en silencio por mí y por mi madre y desafiaba a Dios
por permitir el mal contra los inocentes. Ponía en
duda su existencia y le retaba a que me mostrara un simple
acto de su bondad.
…………………………………
Leo
del Diario de Julia.
Son las
cinco de la tarde y ya estoy preparada para recibirte, mi
niño, mi amor secreto, mi único gran amor.
Te retrasas. Miro de nuevo el reloj, ¿sabes?, es
un regalo que me hicieron mis padres el día de mi
licenciatura, me trae recuerdos de una etapa en la que era
feliz, compruebo que va bien comparándolo con el
de pared del salón. Ha pasado una hora y pierdo toda
esperanza de oír el timbre que me haga pensar que
eres tú el que está al otro lado de la puerta.
Intento recordar qué ocurrió para que no hayas
vuelto ¡Sí!, quizás fui muy brusca al
decirte que te fueras. Ahora recuerdo que no quedamos ¡Maldita
sea! Lo que prometía ser otro encuentro de amor se
convierte en una tarde intranquila de dudas, de dudas de
ti hacia mí.
Me he cambiado de ropa y me tumbo en la cama, pienso en
ti, escribo, proyecto todo el aire del ventilador hacia
mi cuerpo semidesnudo. Antes de quedarme dormida mi mente
te habla, mis pensamientos están contigo y con ellos
me dormiré, a ti te hablo como si estuvieras oyéndome…
Mi niño, mi querido Doménico estoy sola en
casa, no sé por cuánto tiempo. Te he extrañado
mi amor. Deseo que me dejen estar contigo el tiempo suficiente
para decirte eso que hace tiempo quiero que sepas…
Me quedé dormida pensando en ti, en mi niño
hombre, hablándote. Sonó el teléfono,
salté de la cama con una agilidad increíble,
pensaba que eras tú.
—¡Sí!; —mi voz era dulce, un susurro
de amor para ti.
—¿Dónde estabas que has tardado tanto
en descolgar?
—¡Ah! Eres tú. —Dije totalmente
desilusionada y a la vez con miedo.
—¡Sí, soy yo!, —sonó la
voz áspera y seca de mi marido—. ¿Acaso
esperabas oír otra voz?
—No mi señor, quién va a llamarme si
no eres tú.
Demasiado bien sabía que mis padres no podían
llamarme. Es otra de las causas de mi dolor.
Ya más calmado, al captar mi sumisión cambió
el tono de su voz.
—¡Bien!, cuéntame qué has investigado.
—Nada, no lo he visto. Hasta el martes no vendrá.
—¡¡Nadaaa!! ¿Y te quedas tan tranquila…?
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, empañándolos
de unas gotas cristalinas que iban cayendo hacia mis mejillas.
Un golpe seco al otro lado me hizo entender que había
colgado.
…………………………………………….
Ajeno a todo pasé el día con los amigos, bajamos
al río a coger cangrejos y comernos unas tortillas
de patatas, por la noche salimos de copas.
Al día siguiente era domingo, me levanté con
una enorme resaca. Mamá Vega me tenía preparado
un zumo de tomate con pimienta y un café fuerte con
leche. No hablamos, ella no necesitaba preguntarme para
saber, entendía que era joven y que la noche es larga,
su confianza en mí era inquebrantable. Llevaba una
camiseta de tirantes y pantalón corto; noté
cómo me miraba con orgullo de madre. Sonó
el teléfono, mamá Vega lo descolgó
y me lo pasó;
—Toma es para ti, —me dijo.
—¡Holaa!, —dije.
—¡Buenos días, Doménico!
Era ella, mi amor prohibido, me alegraba oír su voz,
mi corazón latía más deprisa.
—¡Hola Julia! —dije—. ¿Qué
tal estás? ¿Te ocurre algo?
—Estoy bien, gracias. Me preguntaba si estabas enfadado.
—¿Por qué había de estarlo?,
al contrario.
Me percaté que mi madre estaba pendiente de la conversación
y con una mirada le pedí que me dejara solo. Accedió,
aunque no de buen grado. Julia continuaba hablándome,
su voz me sonaba a música con ese acento andaluz
tan lleno de ritmo:
—Como ayer no viniste a verme; te estuve esperando.
Hice gazpacho para ti ¿Vendrás hoy?
—Sí, si tú quieres.
—¡Claro!, quiero y deseo que vengas, mi niño.
A la misma hora te viene bien.
—¡Sí! ¡sí! —respondí
muy nervioso y excitado—. Hasta ahora.
—¡Hasta ahora!
Volví a sentarme para terminar de desayunar y noté
seriedad en el rostro de mi madre. ¡Ven aquí!
le dije; sacando las piernas de debajo de la mesa le hice
una señal para que se sentara encima.
—A ver qué te ocurre, ¿estás
celosa?
—Anda deja de decir tonterías, solo que no
me ha parecido bien que me dijeras que me fuera, nunca antes
lo hiciste, ¿acaso ya no confías en tu madre?
—No es eso mamá, siempre serás mi preferida
y nunca iré con ninguna si no es mejor que tú.
—Pero que adulador eres. Es ley de vida que formes
tu propia familia y que seas feliz. Pero esta relación
es muy peligrosa.
—¿De qué hablas? Es mi profesora de
inglés, solo es eso.
—¿Acaso crees que no me he dado cuenta cómo
has cambiado la voz cuando sabías que era ella la
que estaba al otro lado? Hay cosas que no se pueden ocultar
y el estar enamorado es una de ellas. Te repito que es muy
peligroso, eres muy joven y ella muy mayor para ti y lo
peor es que está casada; casada con un militar, y
eso te traerá consecuencias si este se entera, y
no tienes a nadie que te proteja. Si al menos estuviera
tu padre.
—No temas, mi amor, —le dije—. Creo que
he sido un poco impetuoso, quizás llevado por la
curiosidad y el morbo que me produce la situación.
Esta tarde le diré que no podemos vernos más
¿Qué has querido decir con “si estuviera
tu padre”?
—Nada, han sido palabras liberadas por el corazón
y no por el cerebro.
—Lo dicho, mamá, ésta tarde será
la última vez.
—Gracias, hijo. Sabes que confío en tu sensatez
y sentido común.
Nos abrazamos y nos comimos a besos; qué lindos y
apacibles son los besos entre un hijo y su madre.
Continué desayunando pero mi cerebro no cesaba de
dar vueltas a todo. Las palabras de mamá Vega me
hacían pensar si acaso mi padre no estuviera muerto
y, si fuera así, ¿por qué me habían
hecho creer toda la vida que si lo estaba? Por otro lado,
Julia y su interés por la medalla ¿Acaso lo
de ella no era amor y escondía algo? Sea lo que fuere
—me dije—, iría y trataría de
averiguarlo.
Me di una ducha con agua fría, intentando recomponer
las piezas del puzle que se me presentaba. Luchaba por creer
en el amor de Julia, en sus besos, en sus caricias, comenzaba
a tener dudas, infundadas, pero dudas al fin y al cabo.
Frente al espejo me atuso el cabello y refresco todo el
cuerpo con colonia de baño. Vuelvo a mirarme y observo
la imagen de la medalla, es austera a la vez que rica en
simbología.
Tenía ganas de volver a ver a mi princesa de ojos
color de miel, así que salí rápido
de casa; mamá estaba echada disfrutando la siesta.
Con las prisas me olvidé guardar discreción,
aunque creo que no me vio nadie. Cuatro pisos, subí
los escalones de tres en tres. Ya en la puerta me retuve.
Sin llamar, esta se abrió. No estaba Julia. No había
nadie. Toqué con los nudillos, no hubo respuesta
y decidí pasar. La puerta se cierra y noto como Julia
me toma por detrás; todo está a oscuras y
en silencio, solo oigo el ruido familiar del ventilador;
puedo oír su respiración, sentirla en mi cuello.
Pausadamente me giré, percibiendo que sus ojos miraban
hacia el suelo; acaricié su cuerpo; le susurré
palabras que nunca antes había dicho, nos besamos
con salvaje pasión, por sus mejillas resbalaban gotas,
que al principio creí eran de sudor, se las limpié
con mis manos, con suavidad y noté que estaba llorando,
le pregunté sin que me oyera:
—¿Por qué, mi amor?, ¿por qué
lloras?
—Es por ti, por tu amor. Necesito respirar con fuerza,
revolverme, oler, tocar, sentir, vivir...y descansar. Quiero
que me lleves a la cama y me hagas el amor, a tu manera.
Deseo ser tuya.
La llevé en brazos hasta la cama; me despojé
de mis ropas con rapidez e hice lo mismo con las de ella;
nuestros cuerpos estaban desnudos, sudorosos, húmedos
de tanta secreción; me eché al lado de ella
y comencé a besarla despacio, sin prisas; oía
sus susurros, no aguanté más y entré
suavemente en el interior de su cuerpo; sentía sus
gemidos, de dolor, de placer. Su cuerpo inició movimientos
desde dentro de su vida, sentía sus contracciones
como un abrazo intermitente que no quieres que acabe nunca;
fue maravilloso. Sus brazos se aferraron a mis hombros como
si no quisiera que me fuera nunca de allí, clavando
sus uñas en ellos. Gritaba y gritaba henchida de
placer…
Nos besamos y quedamos totalmente rendidos el uno al lado
del otro.
Después de estos besos de reconocimiento de amor
mutuo, Julia encendió la lamparita de la mesita y
se sentó sobre la cama preguntándome:
—¿Quieres un refresco o un reconstituyente?
—mientras esto me decía me guiñaba un
ojo.
—Lo que creas que más necesito.
Mientras se alejaba, con su cuerpo sin cubrir, me quedé
mirando su silueta con una sonrisa de enamorado.
Julia regresó con dos vasos de gazpacho; me incorporé
sentándome en un lado de la cama y ella a mi lado,
me ofreció uno. Estaba frío, riquísimo,
y en verdad que me dio nueva energía.
No dejamos de mirarnos, posamos los vasos en el suelo, nuestros
cuerpos desnudos sin ningún rubor, el sexo flotaba
en el ambiente, se respiraba. Tenía la sensación
de llevar toda una vida con ella. Me puso los dedos en la
boca empujándome hacia atrás, dándome
la espalda y acomodó su cuerpo al mío en posición
fetal. Volvió la cabeza y me susurró muy lento,
con una gran sensualidad:
—Ahora, mi niño, te quiero dar lo que nunca
di a nadie. Quiero que sea para ti. No temas está
incólume; quiero ofrecerte mi dolor, sé que
serán los segundos más maravillosos de mi
vida. Son míos y tuyos, de nadie más.
Se quejó por el dolor. Eran quejidos ahogados por
la espera de un enorme placer. Fue algo mágico. Los
dos gritamos, yo de placer; ella de rabia, de dolor y de
tanta felicidad contenida. Nos quedamos quietos, abrazados,
sudando, jadeando. Poco a poco fuimos recuperando el aliento.
Volvió a encender la poca luz que daba la lamparita,
sin pausa me dijo:
—Anda ve a ducharte, tengo que hablar contigo algo
muy serio.
Me levanté sin preguntar; por momentos la magia desapareció,
no dejé de pensar que sería lo que me querría
desvelar. Quizás en su mente estaba el ronroneo de
que esta historia se acababa. Sea que lo fuere, —me
dije— el desenlace sería en breve, así
que me duché rápido y agradecí el agua
fría pues me aclararía las ideas. Me esperaba
en el salón, tensa, su semblante había cambiado,
la dulzura de su sonrisa no destacaba en su rostro.
—¿Y bien? —pregunté dando a mi
voz la entonación de gravedad que ella estaba pidiendo
con su mirada.
—Siéntate, por favor. Antes de que oigas todo
lo que te voy a decir, quiero que sepas que te amo como
nunca antes había amado a nadie. Eres genial. No
sé qué voy a hacer para aprender a vivir sin
que me atormente tu ausencia.
—Gracias, pero supongo que ahora vendrá la
parte dura — la interrumpí sin darle pausa
de continuidad— así que, por favor, vayamos
al grano.
—Doménico, he de preguntarte dos cosas, ¿quién
te dio la medalla? y ¿qué sabes de tu padre?
Me quedé mirándola con rabia contenida. El
hecho de que me preguntase por mi padre, sabiendo que estaba
muerto, me sacó de mis casillas.
—Respecto de la medalla, ya te lo conté el
otro día y sobre mi padre, me molesta no solo que
me preguntes por algo que ya sabes sino por traer recuerdos
nada agradables para mí.
Su cuello se endureció y por él aparecieron
venas que hicieron desaparecer aquella imagen altiva y elegante
que recordaba. Ya no me parecía un cuello de cisne,
toda ella se asemejaba más a una gárgola enfurecida.
—Lo que te estoy preguntando me viene impuesto por
mi marido. Le tengo miedo a él, y a ti porque decidas
no volver a verme después de hoy, y pensar en esto
me rompe el corazón.
La intensidad de su voz subió muchos decibelios,
las lágrimas brotaban de sus ojos y recorrían
su cara perdiéndose entre sus manos, que usaba como
pañuelos.
—Mi marido —continuaba con sus explicaciones
envueltas en sollozos— pertenece a una hermandad prohibida,
donde el símbolo es esa medalla; tu padre tenía
una. Era un miembro de la Hermandad, ¿lo entiendes?
—Así que me has mentido, me has adulado, seducido
y metido en tu cama; me has prometido amor y todo era para
sonsacarme como una vulgar Mata Hari; eres despreciable,
te odio —levanté mi mano para pegarla pero
me contuve.
—Créeme, mi vida.
—No vuelvas a hablarme así o no respondo, mereces
ser castigada y quiera Dios que pagues por ello.
—Tu padre era un problema para la Hermandad, tenían
miedo que los delatara y decidieron eliminarlo. Una noche
dos hombres fueron a por él, uno apareció
flotando en el río con marcas de una pelea y heridas
de arma blanca y del otro nunca se encontró el cadáver.
El cuerpo que encontró la policía, en la parte
de atrás de un bar, estaba completamente irreconocible,
la cara la tenía desfigurada y creyeron que era tu
padre por la ropa y la documentación. La Hermandad
sospecha que el cuerpo encontrado en el bar era el de uno
de los suyos y que tu padre logró escapar.
—¡Es mentira!, mientes tú y quien te
envía.
—¡Nooo! —gritaba y lloraba, apenas podía
entender lo que me decía—. Dios sabe que no
miento ni ahora ni cuando digo que te amo. Debes apartarte
de mí, son poderosos. Asesinos sin piedad.
—¿Poderosos? ¿Qué he de temer?,
cuéntamelo todo ¿Qué es la Hermandad?
—La fundaron oficiales que estuvieron en la defensa
del Alcázar, se juramentaron para vengar la muerte
de todos los que allí cayeron y sobre todo por la
memoria de Luis, el hijo del General Moscardó. Al
inicio buscaban rojos para encarcelarlos o eliminarlos,
su lema era proteger a España del comunismo y salvaguardar
la fe en Cristo Rey.
No entendía nada de lo que me contaba, nunca nadie
habló delante de mí de esos temas.
—¿Y mi padre qué tenía que ver
con todo esto?, él no era oficial español,
ni estuvo en la defensa del Alcázar. Participó,
pero fue en su liberación. Pertenecía a las
tropas italianas al mando del General Varela, de eso tengo
constancia y también de las heridas que sufrió
y que le dejaron secuelas.
—Sí, por lo que sé fue condecorado por
su valor; fue entonces cuando hizo amistad con los principales
instigadores de la Hermandad. De hecho fue uno de sus fundadores.
—¿Y tú como sabes toda esta historia?
—Jesús, mi marido, es uno de los hermanos mayores
a pesar de su juventud. Su padre, el comandante Esteras
era el asistente de Moscardó. Estaba presente el
día en que Cándido
Cabello (socialista y jefe de las milicias de Toledo)
le ofreció rendir el Alcázar a cambio de la
vida de su hijo Luis. Aquello fue el detonante que dio lugar
al nacimiento de ese grupo secreto y opaco. Años
después, antes de su muerte, confió la suerte
de su hijo a la Hermandad haciéndole entrega en ese
acto de la medalla. Al cumplir los dieciochos años
se fue a la academia militar de Zaragoza y de allí
destinado a Córdoba con el grado de teniente. Lo
conocí en una fiesta que dábamos en los bajos
del Hotel El Cordobés, junto a la Facultad de Veterinaria.
Nos casamos antes de coger nuevo destino en la Academia
de Toledo. Una noche me dijo que iba a recibir a unos amigos,
indicándome que me acostara y no saliera para nada
de la habitación. Al levantarme por la mañana
y aprovechando que él dormía, abrí
su cartera, en ella había documentación aclaratoria
de todo lo que te he contado.
—Sí, ¿pero qué tiene que ver
todo esto con mi padre? ¿Por qué quisieron
matarlo?
—Por lo que pude leer, levantaban acta de todas las
reuniones. Tu padre pasó de miembro activo a tomar
conciencia facinerosa de los actos que hacía la Hermandad.
Tenían miedo de que los delatara.
—Entonces, ¿por qué durante estos años
no lo han buscado?
—Nunca creyeron la teoría de la policía,
así que os han tenido vigilados, a ti y a tu madre,
por si se comunicaba con vosotros. Piensan que huyó
a Italia, pero tampoco han dado con él.
Me quedé callado, pensativo, en mi mirada había
odio. Siendo verosímil cuanto me había contado,
me costaba creer que mi padre no hubiera muerto. Todos mis
principios se derrumbaban, si eso era cierto había
muchas preguntas que hacer a mamá Vega, pero antes
quería saber lo máximo posible; estaba indefensa,
entregada, así que aproveché la ocasión
para interrogarla con más fiereza, a su yugular me
tiré de nuevo sin darle respiro, clavando mi mirada
en lo más profundo de sus ojos, le dije:
—Una última pregunta, ¿a quién
más conoces de la organización?
—A nadie, todo es secreto.
—Pero me has dicho que se levantan actas de todas
las reuniones.
—Sí, es cierto. Pero no hay nombres y los que
hay son en clave. El único símbolo de identificación
que tienen es la medalla.
—Entonces ¿quién te ha contado lo de
mi padre?
—Él aparece como el italiano
—No terminas de convencerme, me ocultas cosas. ¿A
quién proteges?
—A nadie. Te lo prometo. Te he contado todo lo que
sé.
Hice unos gestos con la cabeza desaprobando todo lo que
había dicho, negando que lo hubiera oído,
no queriendo creer nada. Volví a mirarla desafiante,
imperturbable, con los puños cerrados. Me di la vuelta,
me quedé pensando; decidí irme. No me despedí,
salí corriendo. Se quedó tumbada en el sofá
llorando.
No volví a verla. No al menos como la conocí.
…………………………..
Lo que ahora
le relataré, permítame que continúe
leyendo, forma parte del diario de Julia y quiero que sea
lo más real, es su testimonio. Es lo que escribió
después de irme aquél fatídico día;
de haberlo sabido nunca la hubiera dejado sola.
“Me
he quedado abatida, rota, he perdido mi gran amor, mi único
amor. Tu ausencia es lo único que llena el vacío
de mi corazón; tu espíritu, tu aroma ha quedado
impregnado en el aire que respiro. Todo lo que veo y siento
eres tú.
Mi querido Doménico, cuando esto escribía
no podía presentir que mi sufrimiento acaba de empezar.
Esa noche Jesús llegó tarde, muy tarde. No
le fue necesario despertarme, me fue imposible conciliar
el sueño; venía en traje de campaña,
amargado como siempre y no se anduvo con florituras. Entró
en la habitación, lugar sagrado para mí, en
donde te amé con toda mi alma, y sentí que
no me diera tiempo a convencerte de que era cierto. Hizo
que me levantara, me llevó al salón, encendió
un cigarro y preparó una copa de whisky con hielo.
Mientras echaba el humo a mi cara, me preguntaba:
—¿Cuéntame qué has conseguido
averiguar del crío?
Sacando entereza de donde no había y tratando de
disimular para que no se diera cuenta de mi tristeza, le
respondí:
—No sabe nada. Insiste en que se encontró la
medalla y que su padre murió.
—¿Y la inscripción?
—No lo sé, hoy no la ha traído. Se fue
pronto, había quedado con los amigos para ir al río.
Me miró incrédulo, con desdén, y se
alejó en dirección al dormitorio. Abrió
un cajón de su mesita cogió ropa interior
y fue a darse una ducha. Salió del baño veloz,
se dirigió al dormitorio, encendió las luces
de un fuerte puñetazo. Mirándome me dijo con
autoridad:
—¡Ven aquí!, ¡ya!
El miedo me aprisionó, conocía esa forma de
hablar, de ordenar, no era la primera vez. No reaccioné;
entonces Jesús me agarró, tiró de mí
con fuerza, caí al suelo. No sabía qué
ocurría, me hice daño al caer, lloré;
la cadera me dolía y no soportaba el dolor. Tu pensamiento
me daba fuerza.
Él miraba con cuidado entre las sábanas, en
la almohada; olía como un sabueso ofuscado. Encontró
lo que buscaba, se vino hacia mí y con la mano vuelta
me dio un bofetón, luego una patada en el cuerpo;
estaba loco, no miraba dónde me golpeaba. Me gritaba,
me insultaba; proclamaba que nos mataría. Adúltera,
me llamó. Yo callaba. Continuaba gritándome,
estaba fuera de control:
—Podías, al menos, haber limpiado las huellas
de tu crimen, todo está lleno de pelos de ese bastardo,
mis sábanas huelen a él.
Me cogió por el pelo y me levantó, echándome
sobre la cama boca abajo, rompió mi ropa interior.
—Ahora, zorra cogeré lo que con tanto celo
has guardado, te follaré como a una perra, lo que
eres.
Intenté zafarme de él, no pude; era más
fuerte que yo, estaba aterrada, apenas salían gritos
de mi garganta. Solo pronunciaba tu amor, tu nombre y súplicas
a Dios.
Dicen que Dios aprieta pero no ahoga El caso es que la violación
no la pudo realizar, en su ira no consiguió la erección,
y le fue imposible consumar el acto más mezquino.
Eso lo convirtió en un animal sin piedad, volvió
a golpearme hasta que se cansó.
Yo era una muñeca en sus puños, como el saco
de un boxeador, solo sabía o podía taparme
la cara y llorar, llorar de pena, de dolor; de dolor por
tantas cosas, por ti, por mí, por los dos, por nuestro
amor.
Le oí decirme:
—Mañana te irás a Córdoba con
tus putos padres, no quiero volver a verte más ¿Lo
has entendido?
—Sí, sí. No me pegues más, por
favor. Haré todo lo que me pidas.
—Claro que lo harás y si de tu sucia boca sale
algo, acabaré contigo y con tu familia.
Sabía que no mentía y juré no contarlo,
no denunciaría, temía por la vida de mi familia,
por la tuya, y no me fiaba de nadie.
Con toda tranquilidad, sabiendo que no podía moverme,
fue a ducharse, a quitarse la sangre de las manos, pero
ese tipo de sangre nunca debería desaparecer. Ha
de quedar grabada como un fatal recuerdo y, en algún
momento de su vida, alguien se lo hará pagar.
Una vez vestido y con firmeza descolgó el teléfono,
marcó el número deseado y, a pesar de lo intempestivo
de las horas, consiguió lo que se proponía.
Volviéndose a mí, me dijo:
—Prepara tus cosas, coge todo lo que puedas llevarte.
Aquí ya no volverás. Mañana a las ocho
vendrán en un coche a por ti.
Ya no lloraba, no tenía fuerzas ni ganas de mostrarme
hundida. Me incorporé y metí todo lo que pude
en mis viejas maletas. Cuando terminé él ya
no estaba, así que volví al dormitorio y olí,
respiré el aroma que buscaba y me lo llevé
conmigo.
Con puntualidad militar, a las ocho de la mañana
sonó el timbre, abrí la puerta y mi verdugo
me miró por última vez, con él iba
un hombre mayor, de aspecto desagradable y mal oliente.
En su rostro se dibujaban las penurias de una vida dura,
le faltaba un trozo de oreja y una gran cicatriz recorría
su mentón. Jesús se dirigió a él
y le ordenó:
—Ya sabes lo que tienes que hacer. No pares. Una vez
en Córdoba recibirás instrucciones.
—Sí, señor.
—Y ahora, en marcha. Quítala de mi vista”.
……………………………………………..
Según su diario, una vez en Córdoba, Julia
le contó a su familia lo que había ocurrido,
no mostró en ningún momento acto de arrepentimiento
y seguía pregonando el amor que sentía hacia
mí. Les puso en antecedentes sobre las vejaciones
y palizas a las que continuamente le había sometido
su marido y de cómo, poco a poco, día a día,
esa relación se fue deteriorando. Jesús, su
marido, la había ignorado, la tuvo recluida y solamente
podía salir a actos eclesiásticos.
Escribía que sus padres, ya mayores, no atinaban
a encontrar palabras para entender lo que hizo. Su educación
era conservadora, por tanto la conducta de su hija la veían
como un pecado execrable, así que dieron por bueno
el castigo de su marido en repudiarla pues pensaban que
llevaba el demonio dentro.
Pasaban los días y ella iba todas las tardes a buscar
consuelo al Cristo de los Faroles. Una vez llegaba a la
Plaza de los Capuchinos, como penitencia, se descalzaba
y andaba sobre el empedrado de la calzada hasta llegar a
la imagen erguida sobre un pedestal de granito, encendía
un cirio por cada ser amado, en total tres, se arrodillaba
sobre la dura piedra y oraba. Oraba por ella, por su familia,
por su amor, por su niño hombre, por aquellos que
le dieron la vida y por aquel que se la devolvió,
por él y por ellos pedía a Dios que los protegiera.
Al no encontrar paz ni consuelo entre los suyos, se planteó
ingresar en un convento. La recibió la madre abadesa,
hablaron de lo humano y lo divino, se confesó allí
mismo con el sacerdote que regía el convento. Cuando
se disponía volver a su casa, a contar la decisión
tomada a sus padres, tanto el padre Francisco como la madre
abadesa la propusieron que se quedara.
Dios tenía otros planes para ella, así que
decidió irse y volver por la mañana temprano,
quería despedirse de su padre, de su madre; de su
único y gran amor no podría, no estaba, pero
ella lo llevaba en su interior, respiraba hondo y allí
aparecía en el aire su aroma, su sabor, él
estaba siempre presente —así lo escribía
en su diario, Córdoba treinta y uno de agosto—,
ponía al final de la hoja.
Por la mañana temprano salió sola de su casa,
con el dolor de no haber encontrado perdón en sus
padres. Su madre, sumisa, mujer comprometida con las prédicas
del régimen franquista, no fue capaz de derramar
ni una sola lágrima de dolor por su niña en
ese adiós definitivo.
Antes de partir hacia el convento, escribió sus últimas
líneas en su diario, esta vez lo encabezó
con la fecha: mañana del uno de septiembre; después
de escribir como se sentía, de la soledad en la que
se encontraba, se despidió de sus padres, de mí
y se entregó a Dios con un ¡Todopoderoso, protégeme!
Fue lo último que anotó en su libro de amor
y de desdicha. Buscó un buzón de correos donde
echar la carta, la sacó del pequeño bolso
que llevaba a modo de hatillo, la retuvo entre sus manos
por un momento, la apretó contra su corazón,
la besó y suspirando susurró: adiós,
mi amor, mi señor.
Se dice por Córdoba que fue una desgracia, un coche
la atropelló cuando cruzaba por un paso de cebra,
dándose a la fuga. No se movía, en su cuello
una cruz de oro, de fino grosor, con un Cristo que sujetaba
firmemente con sus manos. Fue lo último que hizo.
Ingresó en coma en el Hospital General.