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EL LIBRERO DE TOLEDO

Del diario de Julia


Hola cariño: Ya te has ido pero noto que estás aquí conmigo, me he dado una ducha y aún sigue tu olor en mi piel. Es tarde, cerca de las diez, intentaré dormir, pero no sola, estarás conmigo. Soy muy feliz, lo noto en mi cara, ante el espejo, mañana te escribiré más.
Anoche llamó Jesús, mi marido, me despertó, creí que serías tú. Me asustó, tengo miedo. Te escribiré todo por si algún día lo necesitas. Esta fue la conversación que tuvimos:
—¡Sí, dígame!
—Soy yo, ¿has averiguado algo?
Vacilé un momento en responder.
—No gran cosa, quizás en otra reunión. Estuvo poco tiempo, había quedado con la pandilla. Me percaté de que llevaba colgada la medalla de la Hermandad, me dijo que se la había encontrado. Al contrario que las vuestras lleva una inscripción por detrás.
—¿Una inscripción? ¿Y qué decía?
—No pude leerla, estaba en latín y no quise agobiarle.
—Te tenía por mejor actriz, debes leerla y averiguar dónde está su padre.
—Lo haré, no te preocupes, pero me consta que el chico cree que está muerto.
—Puede fingir el muchacho; nos queda poco tiempo y la organización no quiere errores.
—Entiendo, ¿algo más?
—No, ya te llamare. ¡Adiós!
—¡Adiós!

Mientras eso había ocurrido en casa de Julia, yo continuaba relajado en el parque, saboreando mi copa, ajeno a todo, pensando en ella, en mí, en los dos. Cogí una servilleta para limpiarme el sudor del cuello y reparé en la cadena y a continuación en la medalla. Me la quité y la miré despacio, intentando leer la inscripción pero no tenía ni pijotera idea de latín para ese nivel, lo aprobé para salir del paso y punto. Siempre fui de ciencias.
En cualquier caso, me llamó poderosamente la atención la observación de Julia; palabras como “es especial”, “mi marido tiene una igual”, “me ocultas algo”, resonaban en mis oídos ¿Qué habría querido decirme? ¿Por qué de repente tanta prisa porque me marchara? Pienso que estuve acertado en no confiar mi secreto, si la medalla escondía algún turbio desenlace mejor callar su procedencia. Pagué y marché a dormir, ya era tarde.
Me desperté todo empapado en sudor, el aire que entraba por las ventanas era caliente, de bochorno; puse el ventilador y al menos noté una pequeña mejoría en el ambiente seco de mi habitación, provocado por falta de humedad tanto dentro como fuera. De la calle me llegaban ruidos emitidos por los últimos en recogerse. Temía esos momentos de soledad; cuando cerraba los ojos mi mente se llenaba de recuerdos de mi infancia. Lloraba en silencio por mí y por mi madre y desafiaba a Dios por permitir el mal contra los inocentes. Ponía en duda su existencia y le retaba a que me mostrara un simple acto de su bondad.

…………………………………
Leo del Diario de Julia.

Son las cinco de la tarde y ya estoy preparada para recibirte, mi niño, mi amor secreto, mi único gran amor. Te retrasas. Miro de nuevo el reloj, ¿sabes?, es un regalo que me hicieron mis padres el día de mi licenciatura, me trae recuerdos de una etapa en la que era feliz, compruebo que va bien comparándolo con el de pared del salón. Ha pasado una hora y pierdo toda esperanza de oír el timbre que me haga pensar que eres tú el que está al otro lado de la puerta. Intento recordar qué ocurrió para que no hayas vuelto ¡Sí!, quizás fui muy brusca al decirte que te fueras. Ahora recuerdo que no quedamos ¡Maldita sea! Lo que prometía ser otro encuentro de amor se convierte en una tarde intranquila de dudas, de dudas de ti hacia mí.
Me he cambiado de ropa y me tumbo en la cama, pienso en ti, escribo, proyecto todo el aire del ventilador hacia mi cuerpo semidesnudo. Antes de quedarme dormida mi mente te habla, mis pensamientos están contigo y con ellos me dormiré, a ti te hablo como si estuvieras oyéndome…
Mi niño, mi querido Doménico estoy sola en casa, no sé por cuánto tiempo. Te he extrañado mi amor. Deseo que me dejen estar contigo el tiempo suficiente para decirte eso que hace tiempo quiero que sepas…
Me quedé dormida pensando en ti, en mi niño hombre, hablándote. Sonó el teléfono, salté de la cama con una agilidad increíble, pensaba que eras tú.
—¡Sí!; —mi voz era dulce, un susurro de amor para ti.
—¿Dónde estabas que has tardado tanto en descolgar?
—¡Ah! Eres tú. —Dije totalmente desilusionada y a la vez con miedo.
—¡Sí, soy yo!, —sonó la voz áspera y seca de mi marido—. ¿Acaso esperabas oír otra voz?
—No mi señor, quién va a llamarme si no eres tú.
Demasiado bien sabía que mis padres no podían llamarme. Es otra de las causas de mi dolor.
Ya más calmado, al captar mi sumisión cambió el tono de su voz.
—¡Bien!, cuéntame qué has investigado.
—Nada, no lo he visto. Hasta el martes no vendrá.
—¡¡Nadaaa!! ¿Y te quedas tan tranquila…?
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, empañándolos de unas gotas cristalinas que iban cayendo hacia mis mejillas. Un golpe seco al otro lado me hizo entender que había colgado.
…………………………………………….


Ajeno a todo pasé el día con los amigos, bajamos al río a coger cangrejos y comernos unas tortillas de patatas, por la noche salimos de copas.
Al día siguiente era domingo, me levanté con una enorme resaca. Mamá Vega me tenía preparado un zumo de tomate con pimienta y un café fuerte con leche. No hablamos, ella no necesitaba preguntarme para saber, entendía que era joven y que la noche es larga, su confianza en mí era inquebrantable. Llevaba una camiseta de tirantes y pantalón corto; noté cómo me miraba con orgullo de madre. Sonó el teléfono, mamá Vega lo descolgó y me lo pasó;
—Toma es para ti, —me dijo.
—¡Holaa!, —dije.
—¡Buenos días, Doménico!
Era ella, mi amor prohibido, me alegraba oír su voz, mi corazón latía más deprisa.
—¡Hola Julia! —dije—. ¿Qué tal estás? ¿Te ocurre algo?
—Estoy bien, gracias. Me preguntaba si estabas enfadado.
—¿Por qué había de estarlo?, al contrario.
Me percaté que mi madre estaba pendiente de la conversación y con una mirada le pedí que me dejara solo. Accedió, aunque no de buen grado. Julia continuaba hablándome, su voz me sonaba a música con ese acento andaluz tan lleno de ritmo:
—Como ayer no viniste a verme; te estuve esperando. Hice gazpacho para ti ¿Vendrás hoy?
—Sí, si tú quieres.
—¡Claro!, quiero y deseo que vengas, mi niño. A la misma hora te viene bien.
—¡Sí! ¡sí! —respondí muy nervioso y excitado—. Hasta ahora.
—¡Hasta ahora!
Volví a sentarme para terminar de desayunar y noté seriedad en el rostro de mi madre. ¡Ven aquí! le dije; sacando las piernas de debajo de la mesa le hice una señal para que se sentara encima.
—A ver qué te ocurre, ¿estás celosa?
—Anda deja de decir tonterías, solo que no me ha parecido bien que me dijeras que me fuera, nunca antes lo hiciste, ¿acaso ya no confías en tu madre?
—No es eso mamá, siempre serás mi preferida y nunca iré con ninguna si no es mejor que tú.
—Pero que adulador eres. Es ley de vida que formes tu propia familia y que seas feliz. Pero esta relación es muy peligrosa.
—¿De qué hablas? Es mi profesora de inglés, solo es eso.
—¿Acaso crees que no me he dado cuenta cómo has cambiado la voz cuando sabías que era ella la que estaba al otro lado? Hay cosas que no se pueden ocultar y el estar enamorado es una de ellas. Te repito que es muy peligroso, eres muy joven y ella muy mayor para ti y lo peor es que está casada; casada con un militar, y eso te traerá consecuencias si este se entera, y no tienes a nadie que te proteja. Si al menos estuviera tu padre.
—No temas, mi amor, —le dije—. Creo que he sido un poco impetuoso, quizás llevado por la curiosidad y el morbo que me produce la situación. Esta tarde le diré que no podemos vernos más ¿Qué has querido decir con “si estuviera tu padre”?
—Nada, han sido palabras liberadas por el corazón y no por el cerebro.
—Lo dicho, mamá, ésta tarde será la última vez.
—Gracias, hijo. Sabes que confío en tu sensatez y sentido común.
Nos abrazamos y nos comimos a besos; qué lindos y apacibles son los besos entre un hijo y su madre.
Continué desayunando pero mi cerebro no cesaba de dar vueltas a todo. Las palabras de mamá Vega me hacían pensar si acaso mi padre no estuviera muerto y, si fuera así, ¿por qué me habían hecho creer toda la vida que si lo estaba? Por otro lado, Julia y su interés por la medalla ¿Acaso lo de ella no era amor y escondía algo? Sea lo que fuere —me dije—, iría y trataría de averiguarlo.
Me di una ducha con agua fría, intentando recomponer las piezas del puzle que se me presentaba. Luchaba por creer en el amor de Julia, en sus besos, en sus caricias, comenzaba a tener dudas, infundadas, pero dudas al fin y al cabo.
Frente al espejo me atuso el cabello y refresco todo el cuerpo con colonia de baño. Vuelvo a mirarme y observo la imagen de la medalla, es austera a la vez que rica en simbología.
Tenía ganas de volver a ver a mi princesa de ojos color de miel, así que salí rápido de casa; mamá estaba echada disfrutando la siesta. Con las prisas me olvidé guardar discreción, aunque creo que no me vio nadie. Cuatro pisos, subí los escalones de tres en tres. Ya en la puerta me retuve. Sin llamar, esta se abrió. No estaba Julia. No había nadie. Toqué con los nudillos, no hubo respuesta y decidí pasar. La puerta se cierra y noto como Julia me toma por detrás; todo está a oscuras y en silencio, solo oigo el ruido familiar del ventilador; puedo oír su respiración, sentirla en mi cuello. Pausadamente me giré, percibiendo que sus ojos miraban hacia el suelo; acaricié su cuerpo; le susurré palabras que nunca antes había dicho, nos besamos con salvaje pasión, por sus mejillas resbalaban gotas, que al principio creí eran de sudor, se las limpié con mis manos, con suavidad y noté que estaba llorando, le pregunté sin que me oyera:
—¿Por qué, mi amor?, ¿por qué lloras?
—Es por ti, por tu amor. Necesito respirar con fuerza, revolverme, oler, tocar, sentir, vivir...y descansar. Quiero que me lleves a la cama y me hagas el amor, a tu manera. Deseo ser tuya.
La llevé en brazos hasta la cama; me despojé de mis ropas con rapidez e hice lo mismo con las de ella; nuestros cuerpos estaban desnudos, sudorosos, húmedos de tanta secreción; me eché al lado de ella y comencé a besarla despacio, sin prisas; oía sus susurros, no aguanté más y entré suavemente en el interior de su cuerpo; sentía sus gemidos, de dolor, de placer. Su cuerpo inició movimientos desde dentro de su vida, sentía sus contracciones como un abrazo intermitente que no quieres que acabe nunca; fue maravilloso. Sus brazos se aferraron a mis hombros como si no quisiera que me fuera nunca de allí, clavando sus uñas en ellos. Gritaba y gritaba henchida de placer…
Nos besamos y quedamos totalmente rendidos el uno al lado del otro.
Después de estos besos de reconocimiento de amor mutuo, Julia encendió la lamparita de la mesita y se sentó sobre la cama preguntándome:
—¿Quieres un refresco o un reconstituyente? —mientras esto me decía me guiñaba un ojo.
—Lo que creas que más necesito.
Mientras se alejaba, con su cuerpo sin cubrir, me quedé mirando su silueta con una sonrisa de enamorado.
Julia regresó con dos vasos de gazpacho; me incorporé sentándome en un lado de la cama y ella a mi lado, me ofreció uno. Estaba frío, riquísimo, y en verdad que me dio nueva energía.
No dejamos de mirarnos, posamos los vasos en el suelo, nuestros cuerpos desnudos sin ningún rubor, el sexo flotaba en el ambiente, se respiraba. Tenía la sensación de llevar toda una vida con ella. Me puso los dedos en la boca empujándome hacia atrás, dándome la espalda y acomodó su cuerpo al mío en posición fetal. Volvió la cabeza y me susurró muy lento, con una gran sensualidad:
—Ahora, mi niño, te quiero dar lo que nunca di a nadie. Quiero que sea para ti. No temas está incólume; quiero ofrecerte mi dolor, sé que serán los segundos más maravillosos de mi vida. Son míos y tuyos, de nadie más.
Se quejó por el dolor. Eran quejidos ahogados por la espera de un enorme placer. Fue algo mágico. Los dos gritamos, yo de placer; ella de rabia, de dolor y de tanta felicidad contenida. Nos quedamos quietos, abrazados, sudando, jadeando. Poco a poco fuimos recuperando el aliento. Volvió a encender la poca luz que daba la lamparita, sin pausa me dijo:
—Anda ve a ducharte, tengo que hablar contigo algo muy serio.
Me levanté sin preguntar; por momentos la magia desapareció, no dejé de pensar que sería lo que me querría desvelar. Quizás en su mente estaba el ronroneo de que esta historia se acababa. Sea que lo fuere, —me dije— el desenlace sería en breve, así que me duché rápido y agradecí el agua fría pues me aclararía las ideas. Me esperaba en el salón, tensa, su semblante había cambiado, la dulzura de su sonrisa no destacaba en su rostro.
—¿Y bien? —pregunté dando a mi voz la entonación de gravedad que ella estaba pidiendo con su mirada.
—Siéntate, por favor. Antes de que oigas todo lo que te voy a decir, quiero que sepas que te amo como nunca antes había amado a nadie. Eres genial. No sé qué voy a hacer para aprender a vivir sin que me atormente tu ausencia.
—Gracias, pero supongo que ahora vendrá la parte dura — la interrumpí sin darle pausa de continuidad— así que, por favor, vayamos al grano.
—Doménico, he de preguntarte dos cosas, ¿quién te dio la medalla? y ¿qué sabes de tu padre?
Me quedé mirándola con rabia contenida. El hecho de que me preguntase por mi padre, sabiendo que estaba muerto, me sacó de mis casillas.
—Respecto de la medalla, ya te lo conté el otro día y sobre mi padre, me molesta no solo que me preguntes por algo que ya sabes sino por traer recuerdos nada agradables para mí.
Su cuello se endureció y por él aparecieron venas que hicieron desaparecer aquella imagen altiva y elegante que recordaba. Ya no me parecía un cuello de cisne, toda ella se asemejaba más a una gárgola enfurecida.
—Lo que te estoy preguntando me viene impuesto por mi marido. Le tengo miedo a él, y a ti porque decidas no volver a verme después de hoy, y pensar en esto me rompe el corazón.
La intensidad de su voz subió muchos decibelios, las lágrimas brotaban de sus ojos y recorrían su cara perdiéndose entre sus manos, que usaba como pañuelos.
—Mi marido —continuaba con sus explicaciones envueltas en sollozos— pertenece a una hermandad prohibida, donde el símbolo es esa medalla; tu padre tenía una. Era un miembro de la Hermandad, ¿lo entiendes?
—Así que me has mentido, me has adulado, seducido y metido en tu cama; me has prometido amor y todo era para sonsacarme como una vulgar Mata Hari; eres despreciable, te odio —levanté mi mano para pegarla pero me contuve.
—Créeme, mi vida.
—No vuelvas a hablarme así o no respondo, mereces ser castigada y quiera Dios que pagues por ello.
—Tu padre era un problema para la Hermandad, tenían miedo que los delatara y decidieron eliminarlo. Una noche dos hombres fueron a por él, uno apareció flotando en el río con marcas de una pelea y heridas de arma blanca y del otro nunca se encontró el cadáver. El cuerpo que encontró la policía, en la parte de atrás de un bar, estaba completamente irreconocible, la cara la tenía desfigurada y creyeron que era tu padre por la ropa y la documentación. La Hermandad sospecha que el cuerpo encontrado en el bar era el de uno de los suyos y que tu padre logró escapar.
—¡Es mentira!, mientes tú y quien te envía.
—¡Nooo! —gritaba y lloraba, apenas podía entender lo que me decía—. Dios sabe que no miento ni ahora ni cuando digo que te amo. Debes apartarte de mí, son poderosos. Asesinos sin piedad.
—¿Poderosos? ¿Qué he de temer?, cuéntamelo todo ¿Qué es la Hermandad?
—La fundaron oficiales que estuvieron en la defensa del Alcázar, se juramentaron para vengar la muerte de todos los que allí cayeron y sobre todo por la memoria de Luis, el hijo del General Moscardó. Al inicio buscaban rojos para encarcelarlos o eliminarlos, su lema era proteger a España del comunismo y salvaguardar la fe en Cristo Rey.
No entendía nada de lo que me contaba, nunca nadie habló delante de mí de esos temas.
—¿Y mi padre qué tenía que ver con todo esto?, él no era oficial español, ni estuvo en la defensa del Alcázar. Participó, pero fue en su liberación. Pertenecía a las tropas italianas al mando del General Varela, de eso tengo constancia y también de las heridas que sufrió y que le dejaron secuelas.
—Sí, por lo que sé fue condecorado por su valor; fue entonces cuando hizo amistad con los principales instigadores de la Hermandad. De hecho fue uno de sus fundadores.
—¿Y tú como sabes toda esta historia?
—Jesús, mi marido, es uno de los hermanos mayores a pesar de su juventud. Su padre, el comandante Esteras era el asistente de Moscardó. Estaba presente el día en que Cándido Cabello (socialista y jefe de las milicias de Toledo) le ofreció rendir el Alcázar a cambio de la vida de su hijo Luis. Aquello fue el detonante que dio lugar al nacimiento de ese grupo secreto y opaco. Años después, antes de su muerte, confió la suerte de su hijo a la Hermandad haciéndole entrega en ese acto de la medalla. Al cumplir los dieciochos años se fue a la academia militar de Zaragoza y de allí destinado a Córdoba con el grado de teniente. Lo conocí en una fiesta que dábamos en los bajos del Hotel El Cordobés, junto a la Facultad de Veterinaria. Nos casamos antes de coger nuevo destino en la Academia de Toledo. Una noche me dijo que iba a recibir a unos amigos, indicándome que me acostara y no saliera para nada de la habitación. Al levantarme por la mañana y aprovechando que él dormía, abrí su cartera, en ella había documentación aclaratoria de todo lo que te he contado.
—Sí, ¿pero qué tiene que ver todo esto con mi padre? ¿Por qué quisieron matarlo?
—Por lo que pude leer, levantaban acta de todas las reuniones. Tu padre pasó de miembro activo a tomar conciencia facinerosa de los actos que hacía la Hermandad. Tenían miedo de que los delatara.
—Entonces, ¿por qué durante estos años no lo han buscado?
—Nunca creyeron la teoría de la policía, así que os han tenido vigilados, a ti y a tu madre, por si se comunicaba con vosotros. Piensan que huyó a Italia, pero tampoco han dado con él.
Me quedé callado, pensativo, en mi mirada había odio. Siendo verosímil cuanto me había contado, me costaba creer que mi padre no hubiera muerto. Todos mis principios se derrumbaban, si eso era cierto había muchas preguntas que hacer a mamá Vega, pero antes quería saber lo máximo posible; estaba indefensa, entregada, así que aproveché la ocasión para interrogarla con más fiereza, a su yugular me tiré de nuevo sin darle respiro, clavando mi mirada en lo más profundo de sus ojos, le dije:
—Una última pregunta, ¿a quién más conoces de la organización?
—A nadie, todo es secreto.
—Pero me has dicho que se levantan actas de todas las reuniones.
—Sí, es cierto. Pero no hay nombres y los que hay son en clave. El único símbolo de identificación que tienen es la medalla.
—Entonces ¿quién te ha contado lo de mi padre?
—Él aparece como el italiano
—No terminas de convencerme, me ocultas cosas. ¿A quién proteges?
—A nadie. Te lo prometo. Te he contado todo lo que sé.
Hice unos gestos con la cabeza desaprobando todo lo que había dicho, negando que lo hubiera oído, no queriendo creer nada. Volví a mirarla desafiante, imperturbable, con los puños cerrados. Me di la vuelta, me quedé pensando; decidí irme. No me despedí, salí corriendo. Se quedó tumbada en el sofá llorando.
No volví a verla. No al menos como la conocí.

…………………………..
Lo que ahora le relataré, permítame que continúe leyendo, forma parte del diario de Julia y quiero que sea lo más real, es su testimonio. Es lo que escribió después de irme aquél fatídico día; de haberlo sabido nunca la hubiera dejado sola.

“Me he quedado abatida, rota, he perdido mi gran amor, mi único amor. Tu ausencia es lo único que llena el vacío de mi corazón; tu espíritu, tu aroma ha quedado impregnado en el aire que respiro. Todo lo que veo y siento eres tú.
Mi querido Doménico, cuando esto escribía no podía presentir que mi sufrimiento acaba de empezar.
Esa noche Jesús llegó tarde, muy tarde. No le fue necesario despertarme, me fue imposible conciliar el sueño; venía en traje de campaña, amargado como siempre y no se anduvo con florituras. Entró en la habitación, lugar sagrado para mí, en donde te amé con toda mi alma, y sentí que no me diera tiempo a convencerte de que era cierto. Hizo que me levantara, me llevó al salón, encendió un cigarro y preparó una copa de whisky con hielo. Mientras echaba el humo a mi cara, me preguntaba:
—¿Cuéntame qué has conseguido averiguar del crío?
Sacando entereza de donde no había y tratando de disimular para que no se diera cuenta de mi tristeza, le respondí:
—No sabe nada. Insiste en que se encontró la medalla y que su padre murió.
—¿Y la inscripción?
—No lo sé, hoy no la ha traído. Se fue pronto, había quedado con los amigos para ir al río.
Me miró incrédulo, con desdén, y se alejó en dirección al dormitorio. Abrió un cajón de su mesita cogió ropa interior y fue a darse una ducha. Salió del baño veloz, se dirigió al dormitorio, encendió las luces de un fuerte puñetazo. Mirándome me dijo con autoridad:
—¡Ven aquí!, ¡ya!
El miedo me aprisionó, conocía esa forma de hablar, de ordenar, no era la primera vez. No reaccioné; entonces Jesús me agarró, tiró de mí con fuerza, caí al suelo. No sabía qué ocurría, me hice daño al caer, lloré; la cadera me dolía y no soportaba el dolor. Tu pensamiento me daba fuerza.
Él miraba con cuidado entre las sábanas, en la almohada; olía como un sabueso ofuscado. Encontró lo que buscaba, se vino hacia mí y con la mano vuelta me dio un bofetón, luego una patada en el cuerpo; estaba loco, no miraba dónde me golpeaba. Me gritaba, me insultaba; proclamaba que nos mataría. Adúltera, me llamó. Yo callaba. Continuaba gritándome, estaba fuera de control:
—Podías, al menos, haber limpiado las huellas de tu crimen, todo está lleno de pelos de ese bastardo, mis sábanas huelen a él.
Me cogió por el pelo y me levantó, echándome sobre la cama boca abajo, rompió mi ropa interior.
—Ahora, zorra cogeré lo que con tanto celo has guardado, te follaré como a una perra, lo que eres.
Intenté zafarme de él, no pude; era más fuerte que yo, estaba aterrada, apenas salían gritos de mi garganta. Solo pronunciaba tu amor, tu nombre y súplicas a Dios.
Dicen que Dios aprieta pero no ahoga El caso es que la violación no la pudo realizar, en su ira no consiguió la erección, y le fue imposible consumar el acto más mezquino. Eso lo convirtió en un animal sin piedad, volvió a golpearme hasta que se cansó.
Yo era una muñeca en sus puños, como el saco de un boxeador, solo sabía o podía taparme la cara y llorar, llorar de pena, de dolor; de dolor por tantas cosas, por ti, por mí, por los dos, por nuestro amor.
Le oí decirme:
—Mañana te irás a Córdoba con tus putos padres, no quiero volver a verte más ¿Lo has entendido?
—Sí, sí. No me pegues más, por favor. Haré todo lo que me pidas.
—Claro que lo harás y si de tu sucia boca sale algo, acabaré contigo y con tu familia.
Sabía que no mentía y juré no contarlo, no denunciaría, temía por la vida de mi familia, por la tuya, y no me fiaba de nadie.
Con toda tranquilidad, sabiendo que no podía moverme, fue a ducharse, a quitarse la sangre de las manos, pero ese tipo de sangre nunca debería desaparecer. Ha de quedar grabada como un fatal recuerdo y, en algún momento de su vida, alguien se lo hará pagar.
Una vez vestido y con firmeza descolgó el teléfono, marcó el número deseado y, a pesar de lo intempestivo de las horas, consiguió lo que se proponía. Volviéndose a mí, me dijo:
—Prepara tus cosas, coge todo lo que puedas llevarte. Aquí ya no volverás. Mañana a las ocho vendrán en un coche a por ti.
Ya no lloraba, no tenía fuerzas ni ganas de mostrarme hundida. Me incorporé y metí todo lo que pude en mis viejas maletas. Cuando terminé él ya no estaba, así que volví al dormitorio y olí, respiré el aroma que buscaba y me lo llevé conmigo.
Con puntualidad militar, a las ocho de la mañana sonó el timbre, abrí la puerta y mi verdugo me miró por última vez, con él iba un hombre mayor, de aspecto desagradable y mal oliente. En su rostro se dibujaban las penurias de una vida dura, le faltaba un trozo de oreja y una gran cicatriz recorría su mentón. Jesús se dirigió a él y le ordenó:
—Ya sabes lo que tienes que hacer. No pares. Una vez en Córdoba recibirás instrucciones.
—Sí, señor.
—Y ahora, en marcha. Quítala de mi vista”.
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Según su diario, una vez en Córdoba, Julia le contó a su familia lo que había ocurrido, no mostró en ningún momento acto de arrepentimiento y seguía pregonando el amor que sentía hacia mí. Les puso en antecedentes sobre las vejaciones y palizas a las que continuamente le había sometido su marido y de cómo, poco a poco, día a día, esa relación se fue deteriorando. Jesús, su marido, la había ignorado, la tuvo recluida y solamente podía salir a actos eclesiásticos.
Escribía que sus padres, ya mayores, no atinaban a encontrar palabras para entender lo que hizo. Su educación era conservadora, por tanto la conducta de su hija la veían como un pecado execrable, así que dieron por bueno el castigo de su marido en repudiarla pues pensaban que llevaba el demonio dentro.
Pasaban los días y ella iba todas las tardes a buscar consuelo al Cristo de los Faroles. Una vez llegaba a la Plaza de los Capuchinos, como penitencia, se descalzaba y andaba sobre el empedrado de la calzada hasta llegar a la imagen erguida sobre un pedestal de granito, encendía un cirio por cada ser amado, en total tres, se arrodillaba sobre la dura piedra y oraba. Oraba por ella, por su familia, por su amor, por su niño hombre, por aquellos que le dieron la vida y por aquel que se la devolvió, por él y por ellos pedía a Dios que los protegiera.
Al no encontrar paz ni consuelo entre los suyos, se planteó ingresar en un convento. La recibió la madre abadesa, hablaron de lo humano y lo divino, se confesó allí mismo con el sacerdote que regía el convento. Cuando se disponía volver a su casa, a contar la decisión tomada a sus padres, tanto el padre Francisco como la madre abadesa la propusieron que se quedara.
Dios tenía otros planes para ella, así que decidió irse y volver por la mañana temprano, quería despedirse de su padre, de su madre; de su único y gran amor no podría, no estaba, pero ella lo llevaba en su interior, respiraba hondo y allí aparecía en el aire su aroma, su sabor, él estaba siempre presente —así lo escribía en su diario, Córdoba treinta y uno de agosto—, ponía al final de la hoja.
Por la mañana temprano salió sola de su casa, con el dolor de no haber encontrado perdón en sus padres. Su madre, sumisa, mujer comprometida con las prédicas del régimen franquista, no fue capaz de derramar ni una sola lágrima de dolor por su niña en ese adiós definitivo.
Antes de partir hacia el convento, escribió sus últimas líneas en su diario, esta vez lo encabezó con la fecha: mañana del uno de septiembre; después de escribir como se sentía, de la soledad en la que se encontraba, se despidió de sus padres, de mí y se entregó a Dios con un ¡Todopoderoso, protégeme! Fue lo último que anotó en su libro de amor y de desdicha. Buscó un buzón de correos donde echar la carta, la sacó del pequeño bolso que llevaba a modo de hatillo, la retuvo entre sus manos por un momento, la apretó contra su corazón, la besó y suspirando susurró: adiós, mi amor, mi señor.
Se dice por Córdoba que fue una desgracia, un coche la atropelló cuando cruzaba por un paso de cebra, dándose a la fuga. No se movía, en su cuello una cruz de oro, de fino grosor, con un Cristo que sujetaba firmemente con sus manos. Fue lo último que hizo. Ingresó en coma en el Hospital General.


Capítulo 6: Intra moenia veritatem invenias


Novela de © Manuel Peiteado. Fragmentos seleccionados de la trilogía "El librero de Toledo" para los lectores de la revista mis Repoelas.

(Toda la obra se encuentra protegida por los Derechos de Autor)



Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras