La verdad del amor
yo no la sé - ni intento descubrirla-
no hay caricias que igualen el mar
o el frío constante de una retirada.
Porque la edad transcurre,
y los cuerpos desconocen a menudo
la misteriosa llave que insinúa
umbrales de un silencio necesario.
Donde aquella razón se advierte
los parajes inmóviles declinan,
campos arrasados sobre esa luz
que un día quiso olvidar las superficies;
gotea despacio la soledad sobre esta hora
-no escucho cánticos desgarradores-
la lluvia desvela el color
de una sombra perfumada que muere.
La causa, en fin, de todo esto
jamás podría comprenderla.
Respuestas no tengo a lo que cae
como una contenida aceptación
de la palabra que lenta supura
sobre los ojos de otra piel.
Heridas que suavemente derraman
susurros que el tiempo
dejará morir bajo la nieve.