| No
soy amigo de la hoguera cubierta de satén, ni de estar
colgado
del trigo de los árboles, me embriaga la mirada de
Ingrid Bergman
cuando se convierte en libélula y el clamor de los
calabozos teñidos
por la mirra.
Adoro el astro que no pudo copular con la
estrella y fue su amante
durante un millón de siglos, el concierto inacabado
de las pirámides, la
fecundidad del memento que levanta su torre en el crepúsculo,
pero
nada más bello que ser parte del jardín de los
condenados.
Mi luz se convierte en el barro predilecto,
el atril donde Bette Davis
recita los poemas, un caballo herido por el viento y el mármol
que
roza el augurio de la intima exigencia.
Creo en el enigma escanciado por la encina,
que renuncia a la Muerte
para ser el señor de las amapolas, y en la belleza
que ha perdido su
juventud pero sigue siendo la reina de los capiteles.
Hijo de la tristura, me siento atropellado
por la golondrina, los suspiros
son robustos como un milagro y las lágrimas piedras
de café que
bordan lo etéreo. Sentir las profecías de Louis
Armstrong fue mi bosque
sagrado y la Ausencia un grito de claveles en el corazón
de los pájaros.
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