| Junto
al rostro de todas las aldabas me arrodillo
para izar tu nombre,
no importa la clausura del viento ni el sosiego
que marcha a las fronteras,
los fusiles no son suficientes para tapiar mi sangre
— y aunque oscura es el alba—,
sus cantares me tienden la mano como si fuesen estrellas.
Las paredes miran en silencio—en un
doble silencio—
y el anillo de la vida me cubre con tus manos,
Allí estás, allí estás, como si
fueses una república invencible:
tu ausencia es un ramo de caoba y el regocijo
de una ambrosía recitando pastorales.
Ocultas en el cielo cual rincones alados tus
caricias descienden
y, no hace falta vigilar la noche—porque la noche eres
tú—
Mi nodriza, mi querida nodriza—hija
de la nieve—,
tus labios me habitan en lo inacabado,
en ese arabesco que es murmullo y permanencia
y ni siquiera la Ausencia lo consiguen detener.
Siempre serás mi Rimbaud, mi Mallarmé,
mi Alejandra, mi Federico:
me los diste como hermanos y en su aire respiro:
— gracias por tanta bondad madre—,
por ser el perfil en el catálogo del sueño
y el límite del alma abierto a los conventos del mar.
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