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Las
uvas de mis parras alcanzaron su translucidez,
entre sus hojas correteó la noche en forma de salamanquesa.
El agua del Noguera Pallaresa les destiló una canción
de ranas,
el calor del estío las granó invitando a las
avispas;
pero solo sus manos les concedieron el dulzor perfecto,
cuando las cortó para mí desde los atrios del
Sol.
Al llegar hasta las mías, extendidas, pedigüeñas,
sus dedos las rozaron suavemente…
Me llevé el racimo hasta los labios
y ya eran un vino embriagador.
Ebria de él,
zigzagueaba mi lengua
y de mi cabeza se escaparon pájaros.
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