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La
mañana de Reyes es un triciclo en el que doy la vuelta
al Mundo.
Un viaje en un tren de vapor hacia el pasado más remoto
de la infancia,
cuando mi pequeñez agrandaba la dimensión de
las cosas
y saltaba con los brazos abiertos, hacia el beso,
porque la vida giraba alrededor de los que me amaban.
La mañana de Reyes tiene la mirada virginal
de quien descubre sus propias manos en la cuna
y queda sorprendida de la voluntad del movimiento,
ignorando que esas manos guardan
todas las oportunidades de la Creación del Mundo.
La mañana de Reyes es el recuerdo de una ingenuidad
absoluta,
cuando buscaba en el firmamento la estrella de Belén
que nos anunciaba la proximidad de los Reyes Magos
y hasta llegaba a verla, solo porque mi padre me la señalaba.
La mañana de Reyes es la niña bailarina del
tu- tú,
confiada hasta en danzar sobre un alambre,
pues sabe de las redes de amor
que la salvarían de cualquier daño.
La mañana de Reyes es la Epifanía del júbilo,
la revelación que la misma memoria
es el mágico regalo cotidiano y simple,
con que puedo seguir abrazando,
con gratitud, todos los tiempos de mi existencia.
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