Estás en > Mis Repoelas > Colaboraciones >
        María Isabel M. Gilaranz

CUENTOS Y RELATOS

 

DONDE SE ENTIERRA EL OLVIDO
CAPITULO 3

Año 1965, Semana Santa, El Vaticano.
Era Jueves Santo, el padre Nino Menguali era hijo de una familia acomodada de Roma, desde joven fue predestinado a llegar a lo más alto y le prepararon para eso. No tuvo problemas pero no tenía vocación Al final se rindió a la evidencia que jamás sería otra cosa que sacerdote.
Arrodillado ante la santa reliquia, rezaba esperando a los visitantes que al dia siguiente llegarían para adorarla, cuando a su lado un hombre vestido con ropas oscuras le dijo al oído.
— Quiero la santa espina, póngale un precio.
Incrédulo, el padre Nino no daba crédito a lo que oía, y pidió que se lo repitiera El hombre se alejó haciéndole un gesto para que le siguiera ambos se arrodillaron ante el Cristo crucificado, que presidiía la sala Nino siguió despues al misterioso hombre, que le volvió a repetir lo mismo.
— Quiero la santa espina, póngale un precio.
Nino se fue pensativo, era una locura después de pensarselo varias veces, llegó a la conclusión que al día siguiente, le diría que se olvidara del tema.
Al día siguiente, era Viernes Santo- Volvió el hombre fiel a su palabra.
— Cuanto quiere?
— Cuanto vale una nueva vida?
— Será sencillo, le dejare una maleta con documentación a nombre falso y dinero suficiente para iniciar esa nueva vida, padre.
— Venga mañana.
— Hasta mañana, espero que no se arrepienta.
— Todo saldrá bien.
— Adiós padre.
— Adiós.
Tal como ideó, al irse todos los turistas y visitantes, se quedó rezagado, quitó las alarmas y salió con los demás sacerdotes Al llegar a la escalera dijo.
— Perdón, he olvidado algo, id delante, os alcanzaré.
Magistralmente, como si de un ladrón "de guante blanco" se tratara, robó la reliquia, colocando las alarmas y dejando todo igual. Al salir cerró la puerta despacio, y se guardó el botín en el bolsillo, tenía que reunirse con los demás compañeros y no era buena idea llevarla a la celda.
Cuando llegó a la sala de rezos, uno de sus compañeros le preguntó qué se había olvidado en la sala y Nino, sin dudar respondió.
— Mi rosario, le llevo desde que ingresé aquí.
Esa noche Nino estaba nervioso, apenas cenó, se excusó alegando un inoportuno dolor de estómago y se retiró a su celda. Al llegar se desnudó, rezó ante el crucifijo, estaba inquieto, y salió de nuevo hasta la cocina para tomar una tila que le quitara los nervios y poder dormir.
A la mañana siguiente Nino tenía ojeras, y sus superiores decidieron que se quedara en cama, cuando le subieron el desayuno a la celda se lo dijo:
— Nino, hoy te quedarás en cama, tienes ojeras y no dispones de un buen aspecto.
— Pero, quien va a cuidar la sala de la veracruz?
— El padre Luigi.
— No hay necesidad, me lavaré la cara con agua fría y cumpliré mis obligaciones Más sufrió Jesucristo por todos nosotros, sería un pecado el quedarme en cama solo por unas ojeras.
— Nada está decidido, Dios no pide esos sacrificios a sus hijos.
A la hora convenida el hombre llego a la iglesia, llevaba un maletin y toda la documentación necesaria para empezar una nueva vida Mientras el padre Nino estaba en la cama, pensaba que alguien lo esperaba y que no podia ir .
Se vistió sin pensarselo huyó por la ventana, con el trozo de madera escondido en el bolsillo Anduvo sin pensar que cuando se dieran cuenta de su falta, ya no estaria en su celda, sino en la otra punta de la ciudad Paró un coche, nadie sospecharía que un cura estaba huyendo, el conductor bajó la ventanilla y Nino dijo:

— Por favor, me puede sacar de la ciudad.
— Que ocurre padre?
— Me han llamado para dar una extrema unción.
— Por supuesto suba, que le llevamos.
— Me alegro que haya gente buena, dado los tiempo que corremos.
— Donde tiene que dar la extrema unción, padre?
— En España. Es una antigua amistad.
A los pasajeros del coche les pareció raro, pero aceptaron, un cura daba respeto y ellos iban al mismo destino.

Selección de textos de María Isabel Martínez Gilaranz:
capítulo anterior

DONDE SE ENTIERRA EL OLVIDO : capítulo 4



Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras