Tienes
que verlas, ausentes de voces,
rostro abajo y huérfanas de luz.
Tienes que verlas, apesadumbradas, temerosas, ciegas.
Como animales amputados, trabajan el juramento de madre.
Heridas de muerte, arañan las noches. Todas ellas
sienten las uñas
de su llanto híspido. Tienes que verlas.
Con la atadura de un nuevo amanecer, se acarician el
vientre abierto,
no encuentran nada, nada… como si la hija nunca
hubiese existido.
Se levantan como aguas desnudas y se visten de piedra.
Tienes que verlas, ni un mísero soplo materno
en la boca consumada y en el dolor de madera y labios.
Y maldito bailarín de lengua oscura, en su negra
danza
rasgó la suave carne. La hija muerta y ellas vivas.
En continentes de silencio se acarician el vientre abierto,
no encuentran nada, nada… como si la hija nunca
hubiese existido.
Pero sí en su abrazo roto, hondo destello
de certidumbre y locura. Luchadoras de seda.
Como animales amputados, trabajan el juramento de madre.
Tienes que verlas, tienes que verlas.
Son el dolor del mundo.