En silencio nace el latido insaciable de la piel
y el deseo de navegar en mares turbulentos.
Sobresalen ojos en la débil noche.
Exigimos la perpetua llamada de la desnudez
y mis caricias y tus tormentos
se convierten en quemadura de nuestros labios
e iluminan el puerto de nuestros goces.
En silencio,
en el mismo faro del deseo
conviven los cuerpos,
la cintura excitada de la noche,
la vacilación inútil de unas sábanas
e incluso
el temblor perenne de unos pechos.
Somos sed del insomnio, playa leve de suspiros,
sensualidad de nieve que nos roza
en la fructificación de los nocturnos,
arena y espuma
que ansía la realidad
de una locura insatisfecha.
Y esta tarde de otoño
nacen mis lágrimas
en el puerto de los prodigios inanimados.
Percibo un aroma roto,
una herida seca como palmera sin hojas,
a pesar de que en la carne voluptuosa del alma
se extiende el deseo de imbatidos poemas.
Y tú, confiado y repleto de amor, me susurras:
“-amor,
ven a mí, no tardes,
que cada minuto es una bala
en la espalda del tiempo”.