Sé que es casi imposible asumir
que el aire tiembla y huele a costumbre fallida,
que las heridas son los fantasmas de la noche,
que es tan cierta y leve nuestra vida
como las campanas cuando ensayan
el goce de la muerte y nuestros cuerpos
se cierran a las horas más próximas.
Alianza y condena en ese inevitable abrazo de la sombra
peregrina urgente que nos devuelve a la tierra,
pero mientras tanto,
¡ah! mientras tanto,
germinan cálidos discursos, guerreros que nacen
sin armas
para la emboscada dulce del amor,
el ímpetu del viento que nos purifica
con su trémulo perfume a romero,
el mar y sus aleluyas,
el tacto y la esperanza de las cosechas,
la generosidad de nuestras gentes, su cegador universo.
Sé que ahora no lo entiendes,
pero se hace preciso tu retorno sin dolor,
a la delicadeza inolvidable
de los seres ya sin cuerpo y tan amados,
presentir y tomar posesión de tu lugar en la trinchera;
mira que ya habitaste jornadas de valentía en la
sombra.
Y ahora, manifiéstate con la impaciencia de un
águila salvaje
en sus felices montañas
porque te aguardan poderosas e invencibles alas
como guerra sin daño,
como esa luz de invierno
que se posa amable en nuestra herida.