Conforme
vas llegando a la frontera
se hace más y más íntima la costa;
dijérase las flores
se abren más de verdad
y el aire acuna músicas y risas.
En la modesta aduana
te exigen por entero pasaporte
la sincera alegría de vivir.
Escuchas el idioma
y recuerdas jardines que amanecen
con plática y amor de ruiseñores.
No es éste el mar adonde desembocan
las lágrimas sin fin
de quienes andan solos
ni es jungla de cristal
ni es urna de ahogados…
Aquí el mar tiene aliento de aventura,
júbilo de sirenas;
semeja casi un huerto o paraíso
de frutos azulados.
El cielo de esta tierra te sugiere
un salón para el baile de las almas
o una sábana añil
tendida por los ángeles.
¿A qué hablar más? Decir te bastaría:
“¡Ya me encuentro en Italia!”