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El
enunciado del paisaje, dibujado en el umbral del parabrisas,
nombra en sílabas de bruma los contornos de la autovía.
Son brazos donde descansa el vértigo de lo imprevisto,
el alfabeto de señales que se sucede kilómetro
a kilómetro, como se sucede la silueta de los edificios
y las industrias.
No importa si son fábricas, gasolineras o almacenes,
ni la prohibición de pasar de noventa, cuando en pozos
de sentido se vislumbra el hallazgo de los deseos. No importa
si son bloques o adosados, o el destello de sus guiños
menores en los autobuses de línea.
La distancia es el tiempo y el asfalto su mediación
intercesora.
El transcurrir de los kilómetros deletrea los cercos
de un misterio, como se deletrean los números del cuentakilómetros,
y se desvela el lugar inalcanzable donde se embarcan los ojos.
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