Un
rostro mojado por la sombra,
la oscuridad ciñéndose en la cinta que el sol
dibuja en las colinas,
el temblor del ocaso hinchando su pecho.
Un beso de frío enroscado en la memoria,
recordando la penumbra en Louis-le Grand,
la niebla en el Quartier Latin:
«No queda tiempo».
Iba a morir y lo sabía.
Así empezó el crepúsculo,
la noche en la impotencia de su voz,
en el tintero de angustia desbordado en su escritura:
un cordón de cifras sobre el papel,
las investigaciones ignoradas por la arrogancia de Cauchy.
Iba a morir y lo sabía.
¿Por qué la violencia del destino,
el encuentro con Dinet
o el hedor de la política devorando la conciencia?
Un puñal cierne el filo sobre su lóbrego pasado,
un voraz desenlace que oscila la cuchilla en su garganta.
¿Por qué te suicidaste Nicholas G. Galois entregando
a tu hijo en el [abismo,
en la misma ciénaga que despreciaba los teoremas encumbrados
por el mundo tras su muerte?
Era su última noche y lo sabía.
Una hilera de números hurtados al desvelo,
una fila de grafito registrando hallazgos y ecuaciones;
motivos de vesania para los guardianes del XIX,
para su frágil condición de náufrago
del tiempo:
veinte años y dos citas en la madrugada
sin tener experiencia disparando.
La mañana del duelo una corneja sobrevolaba
el borde del estanque.
Cuando su sombra abandonó la orilla
Galois notó una bala atravesándole el abdomen.
No tuvo apenas tiempo de rendirle los ojos.
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