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Te
ofrezco cuanto tengo,
la savia helada de un campo de gramíneas,
los coágulos de sombra,
las estrías inertes de la gruta.
El caracol donde se acoge
tu sucesión de células y espinas de conciencia.
Seré tu refugio y tu huésped,
tu sustento y el hambre que mendiga;
tu libertad cuando madures, la casa y su abandono.
Cuando el viento que mueve el arquitrabe de las hojas
se convoque en las grietas de mi vientre.
Cuando el diluvio de la sangre
nuble la esfera que te oculta,
y esta madre, amparando tu presencia,
celebre que ocupaste un centro,
el espacio sagrado donde te supe acontecido.
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