Nos veían pasar como si fuésemos intrusos, algo
de razón tenían, era su casa, morada de muchos,
en particular de aquel que íbamos a visitar. Los nichos
rodeaban todo el cementerio convirtiéndolo en una triste
caja de cemento. Los mausoleos se ubicaban tras la imponente
fachada blanca que escondía la vejez derruida del lugar.
En el parque central las tumbas se apilaban unas contra otras,
los antiguos caminos estaban ahora ocupados por fosas nuevas,
había que pasar entre las divisiones de las parcelas;
ya no había más lugar y la gente seguía
muriendo. Se asimilaba a la ciudad de los vivos, la posición
social parecía seguir existiendo; los más viejos
y olvidados por sus familias estaban siendo removidos de la
tierra para ser reemplazados por cadáveres frescos,
exiliados de su último reposo se apiñaban bajo
el arco de la entrada, mendigos de la muerte. El sector de
los mausoleos era como un barrio privado, los hombres se turnaban
para controlar que ningún alma extraviada les ocupara
el espacio, hablaban entre ellos en un círculo cerrado,
sólo desviaban la mirada cuando un visitante llegaba;
como esa mujer perteneciente a la familia Medina que nos miró
con desaprobación y desagrado, como si nuestra presencia
le dañara la vista.
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En los nichos la historia era diferente, casi todos salían
un poco, apoyaban los codos en el borde de sus lápidas
y miraban todo el panorama como si estuviesen viendo una película,
eran amigos por cercanía; el cotilleo parecía
no detenerse nunca; los hombres aún allí hablaban
de fútbol y las mujeres se mantenían atentas
a los cambios, parecían llevar control de quienes eran
los nuevos, los desterrados, los que recibían visitas.
Me sentí más cómodo cuando comenzamos
a caminar por el pasillo cerca de ellos, era como volver a
estar en el barrio. Aunque si lo que se buscaba era un poco
de espacio lo mejor eran las tumbas, sobre lápidas
de mármol o cemento yacían todos recostados
sobre la superficie, algunos sentados charlando. Todavía
podían sentir el aire en el rostro, tal vez el calor
del sol también; por la noche, pensé, debe de
ser fantástico aquí lejos de la ciudad con un
cielo estrellado por techo, viéndolo todo en absoluta
oscuridad, sin el miedo a los muertos.
El pasillo era largo pero desde lejos vi al abuelo fuera de
su nicho, lo que era de esperarse dada su naturaleza inquieta,
se había ganado la atención de unos cuantos,
seguramente estaba contando anécdotas de sus días
trabajando en el campo, las mismas que me repetía a
mi cuando estaba vivo una y otra vez. Tenía esa sonrisa
franca de estar pasándola bien. Al vernos la felicidad
brotó por sus arrugadas mejillas pero en un momento
su rostro se transformó, se llevó las manos
a la frente y perdió la mirada en el piso, enmudeció
delante de sus amigos y mientras nos aproximábamos
les hizo señas para que se alejaran; yo buscaba sus
ojos con los míos mientras mi padre al llegar al nicho,
apoyó la cara contra la lápida y le dijo llorando:
–Cuidame al nene, viejo.
El abuelo levantó la cabeza y lo miró como si
el alma se le estuviera rasgando dentro, se agachó
a mi lado y me abrazo tan fuerte como nunca antes lo había
hecho. La mano de papá abandonó la mía,
él siguió caminando solo, detrás pasaron
sus amigos José, el tano, Pedro y Manuel cargando un
pequeño ataúd blanco. |