El amor creció con las estaciones que pasaban año
tras año y a cada luna llena esperaba el pequeño
árbol con ansias para verla completa, desnuda en sus
formas, brillando eterna. El sauce se erguía, pero
a pesar de sus esfuerzos por alzarse hacia el cielo caía
de lado prisionero de su naturaleza. Pasaron las décadas
y él acariciaba con sus finas ramas la tierra siendo
refugio de amantes que se enredaban bajo su copa a la hora
del amor; imaginaba que era tan alto como las secuoyas que
crecían a su lado y encorvado soñaba con verla
radiante pasar a su lado, acurrucarla en sus brazos y besarle
la boca.
Una noche vencidos por la impaciencia ella se acercó
a él tanto como el sol lo permitiera y él alzó
sus ramas con la ayuda del fuerte viento, pero ni siquiera
fue suficiente para sentir su aroma, para saberla cerca. La
derrota comenzó a saberles en la boca, los sonidos
del bosque oían a engaño, desde esa noche continuaron
viéndose pero ya entregados, sin ansias, sólo
con la costumbre de desearlo. Ella escondió su rostro
hasta rayar el cielo con una sonrisa fina para luego desaparecer.
La siguió la temporada de tormentas, las noches nacían
oscuras, atiborradas de manchas negras una y otra vez. La
lluvia encontró al sauce solo y lo golpeó durante
días contra la tierra, sacudiendo sus ramas sobre el
tronco maduro tatuado con corazones hechos con navajas de
otras épocas.
La próxima era noche de luna llena, él esperaba
con ansias, la había extrañado; a pesar de todo
tan sólo quería verla. Pero esa noche la tormenta
rugió a sus espaldas apagando todas las luces del firmamento,
el sauce miró hacia arriba cegado por la corriente
que recorría las sombras que vagaban el cielo, la lluvia
se confundió en sus lágrimas cuando el rayo
golpeó el corazón del viejo árbol que
perdió el equilibrio y cayó por su peso hacia
un costado del acantilado, aferró sus raíces
al suelo y se quedó así, quieto, bebiendo el
agua del lago. El sol irrumpió en la madrugada alejando
la oscuridad y las nubes; halló al sauce herido derramando
su pena sobre la cristalina agua del lago que bañaba
las rocas, observó su tristeza durante todo el día
y al partir le dijo:
–Aquel momento que tanto añoraste, al fin ha
llegado -y resbaló sobre el horizonte llevándose
el día con él.
Nada de esto comprendió el viejo sauce que continuó
mirando las profundidades del lago mientras la noche clara
se encendía sobre su cuerpo cansado. La luna se alzó
monumental sobre el horizonte y al verlo derrotado corrió
presurosa sobre el agua bebiendo las lágrimas que
él había derramado; cuando al fin lo alcanzó,
enredó su rostro blanco en las verdes manos y lo
besó en la boca.