Ya no tengo que preocuparme por llegar a tiempo, porque nadie
me espera, nunca más. Encerrada en la oscuridad de
un ciego, la vida está resbalando lenta. El plato pasa
bajo la puerta, sólo con olerla, sé que no voy
a probar esa mezcla. Estoy esperando que las inmundicias de
la celda me sorprendan, se metan dentro de la carne por alguna
grieta y escarben sobre los restos que me pesan. No hay luna,
sol, ni estrellas; tampoco una lluvia que me empape el alma,
y mientras, el alma se escapa por las ranuras de la madera.
Cierro los ojos e intento, pero los colores se fueron borrando,
ya no los recuerdo. También las imágenes se
fugaron, no las culpo; ojalá la cordura se revelara
y partiera, dejando sólo a este cadáver, pudriéndose
hasta los huesos. Esta irascible soledad de existir, no por
ausencia de compañía, pone de manifiesto que
no vivo en el recuerdo de nadie. El universo ha liquidado
mi destino. |
No hay hambre, sed, ni deseo; el espiral se sostiene, me lleva,
pero nunca me deja caer. Sin posibilidad de medidas extremas
ni pena de muerte, sólo queda esta cárcel como
abismo marchito, que se recrea una y otra vez. Hay una idea
rondando por el cuarto como mosca de verano; la siento cerca,
viene a clavarse en mi mente, a revivirlo todo otra vez. Entonces
lo recuerdo: la calle, oscura como la tinta, sostenía
mis pasos, los adoquines chocaban contra los tacos en un compás
sin descanso. Trataba de llegar a casa antes que ellos surgieran
obstaculizando el camino. Las paredes de los edificios comenzaron
a deformarse, los miedos se desprendían de los ladrillos
buscándome sólo a mí. Eran demasiados,
los sentía rondando; todos atacaron al mismo tiempo,
como agujas perforando la carne, hiriendo todos mis cuerpos.
El aura corría líquida entre los adoquines buscando
la alcantarilla en un hilo púrpura, se me vaciaban
los ojos mientras veía mi esencia escurrirse por la
trampa negra. Ellos me rodeaban con sus grandes bocas, se
abrían paso entre mis restos, aferrándose a
la piel desde dentro, quedándose eternos.
No se si morí o me llevó el sueño, desperté
en el encierro rancio, con las piernas pegadas al sucio suelo,
la carne se separó del hueso cuando me levanté
para fundirme con este lugar. Evoqué el momento hasta
gastarlo, no he podido descubrir como ellos me trajeron hasta
aquí, se han adueñado de mi mente, recortando
mi pensamiento. Pero esta vez los muros del recuerdo han cedido,
volvió como una fotografía la imagen de mi durmiendo;
mala noche para soñar un sueño del que una pesadilla
se adueña, donde soy prisionera de mis miserias, muriendo
en mitad del viaje, perdiendo mi alma en este limbo que no
me suelta. Estoy en la antesala del olvido, el recuerdo ya
me deja; otra vez el plato cruza por debajo de la puerta,
pronto el zumbido crecerá de nuevo y algo vago se dibujará
en mi mente, no estoy segura de saber qué.
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