Entonces aquello que me había dolido tanto,
tan profundo, dejó de dañarme el alma en algún
momento. Hoy lo miro y es como una fotografía de alguien
más, un recuerdo ajeno, tal vez vivido por mi carne
pero no por mi espíritu. Ya no me reconozco, no en
esa forma, me siento tan lejos de la situación, de
los sentimientos, del haberme aferrado a lo que ahora comprendo
como la mismísima oscuridad. Me vuelvo a pensar como
la semilla que crece bajo la tierra húmeda en absoluta
soledad. El tiempo pasa y siento los cambios en el cuerpo,
pero es tan lento; se hace costumbre y a pesar de que el proceso
sigue fluyendo parece detenido el corazón. Soportar
la oscuridad y el frio, saber que el agua está golpeando
sobre las capas que me cubren y que pronto va a rozarme. La
curiosidad de saber que me espera allí arriba, el miedo
de dejar lo que ya conozco, esta vida que podría vivir
de memoria. Esperar a que llegue el cambio, esperar en vano,
sabiendo que nada va a venir a menos que lo intente. Debo
llenarme de fuerzas, dejarlas surgir desde mi vientre maduro;
penetrar las sombras que me ahogan y se cierran contra mi
cuerpo líquido. Abandonar los miedos viejos, comprarme
unos nuevos, desgranar el suelo que pesa sobre mi cabeza encontrando
un halo de luz brillante y cálida. |
Miro el resplandor desde la casa, soy consiente al fin de
que mi cuerpo se ha despojado de las barreras suaves en las
que me estaba reteniendo por propio deseo. Mis ramas frágiles
han surgido, las primeras hojas están madurando pequeñas,
nuevas, con la ilusión de ser. La fe se desprende desde
la savia fresca que me recorre tan breve, el corazón
acaricia suave el interior y sigue creciendo hasta salirse
de su espacio. Siento expandirme en cada célula hacia
un lugar que no existe, al menos no en la materia que creía
real. Un nuevo sentimiento aflora en mí, es un amor
de otras formas, un amor tan grande que no cabe en mi ser,
me despojo de las noches y me vuelvo sol de mediodía
sin lluvia que me nuble los ojos, con el sólo deseo
de existir.
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