Abandonada en el páramo:
como la pisada se desprende de su huella
la exhalación de su calor,
el árbol de su hoja,
la ventana de su reja
y tu boca de mi nombre.
Se sabe que se existe
solo que no se tienen ganas, ni fuerzas,
de demostrarlo día a día que se es,
y el canto del pájaro inexistente sobrevuela
en la cabeza, incomodando el sentirse.
Nada se mueve,
ni la hojarasca,
ni el reflejo en el agua,
ni el tronco torcido y seco
con cara mortecina.
¿Qué miras, Páramo, tú qué
me miras?
Se fue mi verano nadando en el tuyo,
y se cierne la oscuridad -otrora animosa y furtiva-
cuando el cielo amenaza con desprenderse de sí
y empaparse en nos, que caigan sus chaparrones,
a ti, te borrarán la existencia de ciénaga
devolviéndote el brío,
y a mí, me ablandarán lo reseco y entraré
en mi letargo.