CLARA
|
| |
El
sonido de unas monedas que caen al piso sobresaltan a Clara,
su cuerpo se tensa, posa sobre la hornalla la sartén.
Escucha.
Nada.
Silencio, solo silencio.
Alerta continua fritando filloas para los panqueques de
la tarde.
Sin proponérselo viaja hacia la ventana que da a
la calle, siente el movimiento de la gente, corren más
que caminan, todo es atropello y ansiedad, es como si el
tiempo no les alcanzara, como si una mano siniestra se apoderara
del reloj moviendo cada vez más rápido las
agujas del segundero.
La madre de todos los días, pasa bajo su ventana
tirando de sus tres críos que acompaña a la
escuela.
|
La voz del repartidor del supermercado todo traspirado
diciendo soeces le llega como un latigazo a sus oídos,
mezclándose con la conversación del canillita
paralitico con el kiosquero de la cuadra, un viejo lobo
de mar, pintoresco personaje de multicolores cuentos vividos
en su juventud, que repite como una vitrola vieja, a cada
uno de sus clientes con una voz cascada de matices roncos
de tanto enjuagarse la boca en las madrugadas con ron
esperando una buena calada.
Todos los días la misma rutina, los mismos personajes
de aquella pequeña ciudad, contaminados del consumismo
barato que embota el alma y oprime al corazón.
El sonido de unas monedas que caen al suelo sobresaltan
a Clara, apresurada toma la sartén,… traspira…su
cuerpo se tensa, la mente es un torbellino de emociones,
trasmitiendo sentimientos por los eléctricos nervios,
sensibilizando la piel y enmarañado las neuronas.
Camina hacia la puerta que da al comedor, se para frente
a ella, respira profundamente tres veces, el oxígeno
golpea su estresado cerebro, en un movimiento automático
y predeterminado abre lentamente la puerta, solo unos
pocos centímetros,. Observa por la pequeña
abertura…nada.
Silencio y penumbra.
Estallan sus nervios, poniendo todo su cuerpo en movimiento,
en un intento desesperado empuja violentamente la puerta
que golpea contra la pared, rompiendo el silencio con
un golpe seco.
Queda parada, no, más bien paralizada en el medio
del marco de la puerta, mira asombrada, Tres monedas de
cincuenta centésimos están desparramadas
en el suelo, al lado de la vieja silla de mimbre donde
durmiera sus siestas el tío Ramón quien
falleciera el año anterior.
Cierra fuerte los ojos, los vuelve a abrir, las tres monedas
permanecen allí, no puede ser, mira desesperada
hacia todos lados.
El sonido comienza muy lentamente dejándose oír
paulatinamente, traído desde muy lejos por la brisa
marina con aroma a salitre y sol, acercando desde tierra
adentro el sonido de arroyos y ríos de cristalinas
aguas que acarician el pálido rostro de Clara,
en una caricia fría de muerte, su largo y renegrido
pelo roza su enervada espalda provocándole un siniestro
escalofrió.
El tintinear de las monedas que caen al piso es cada vez
más fuerte, ¿de dónde salen?, están
por todas partes, cierra sus ojos con horror y los cubre
instintivamente junto con sus oídos, ambas manos
se mueven desesperada intentando no seguir escuchando
el diabólico sonido, siempre con la sartén
negra en su mano derecha.
Cree enloquecer, respira profundamente, permanece inmóvil
un segundo, para su mente saturada es la eternidad, abre
los dedos de la mano izquierda haciendo un espacio para
mirar, La habitación gira, de los muebles caen
enloquecidas monedas plateadas de cincuenta centésimos
cubriendo pisos y azules alfombras.
No puede moverse, es como una escultura congelada en el
tiempo, un rostro enfebrecido, la boca abierta con un
grito suspendido en los labios que nunca pronuncio, su
escuálido cuerpo mal vestido, calzado sus pies
con unas alpargatas raídas y muy limpias con la
sartén negra en la mano derecha, la ilógica
imagen quijotesca parecía extraída de un
cuadro de Salador Dalí.
Monedas, mas monedas por todas partes, su presión
arterial sube, su corazón comienza una atropellada
y enloquecida carrera buscando la boca como su meta, golpeando
fuerte el debilitado pecho de la mujer, mueve su cabeza
hacia todos lados frenéticamente para convencerse
que realmente le estaba sucediendo aquello.
De cajones y latas salían como pequeñas
ánimas convertidas en monedas de cincuenta centésimos.
Luis abre la puerta de calle con sus propias llaves sube
los escalones de la escalera de dos en dos, cuando llega
al rellano de la puerta de su casa cierra sus ojos y aspira
profundamente hasta llenar sus pulmones con el aroma que
se escapa de su hogar, tenía olor a Clara, si ,
era una mezcla de cocina casera mezclada con aroma a mirra
e incienso, más la música del Danubio azul
que se escapaba por la ranura de la puerta, abre lentamente
, está feliz regreso temprano de su venta callejera
de empanadas y pasteles, era día de pagos para
los empleados públicos, cobro varias deudas y vendió
todo lo que llevo en su canasto.
El golpe de un cuerpo y el estruendo de la sartén
al caer al piso sobresaltan al hombre, deja el canasto
vacío sobre una silla y se dirige al comedor, Clara
esta tendida en el suelo, el silencio y la penumbra le
erizan la piel, un hilo de sangre corre por la mejilla
de su mujer desde sus fosas nasales.
Media hora después el medico certifica muerte por
infarto cerebral, Luis lo escucha esquizofrénico
y sin esperar que termine de hablar le dice---usted está
equivocado, no fue muerte cerebral, murió de moneditis,
no me mire así doctor, no estoy loco, yo conocía
bien a la Clara murió de moneditis.
El medico lo mira asombrado, no comprendiendo la locura
del hombre, mas Luis le insistía,
---Si murió de moneditis, alucinaba con las monedas
de cincuenta centésimos.
---
¿Cómo dice usted?—grito el medico
desesperado sintiéndose impotente al no poder hacerse
entender por aquel hombre desquiciado.
----Usted está loco ---- ¿moneditis ?----el
medico se sentía cada vez más confundido,
no comprendiendo nada, ni el significado de la palabra,
moneditis, moneditis, extravagante palabra que le seguía
girando en la mente no ubicándola en ninguna parte,
Luis continuaba con sus gestos y su voz cada vez más
alta intentando hacerse comprender.
----Doctor yo conocía bien a la Clara, murió
de moneditis, por culpa de unas monedas que no valían
nada, ella las guardaba a las tres en el mismo lugar,
en un tarro de grande dimensiones que esta sobre la estufa
del comedor, me decía que le traían suerte,
por eso doctor estoy muy seguro que murió de moneditas
aguda.
El medico observo a Luis, su rostro parecía de
granito, no tenía una emoción escrita sino
un torbellino de movimientos morisquetas inexpresivas
queriendo trasmitir cosas sin decir nada.
Los dos hombres se miran y piensan, moneditis, moneditis.
El sonido de unas monedas que caen al piso sobresaltan
a Clara, su cuerpo se tensa, deja sobre la hornalla encendida
la negra sartén.
Escucha….nada.
Alerta continua fritando filloas para los panqueques de
la tarde. Mientras espera la llegada de Luis.
|
|
|
|
|