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Hoteles
vacíos deambulan por la ciudad.
Junto a los autos estacionados y las princesas de esquina,
las habitaciones que no ocupamos
se desnudan en tardes de conjuradas soledad.
Y el gusto amargo que queda en mi boca,
y mi lengua durmiendo,
me muestran lo lejos que estás.
¿Creíste que me iba a suicidar?
Durante tardes silenciosas,
y escondidos de los ojos que no quieren mirar,
me relataste, una y otra vez, mi muerte.
Me mostraste con tu piel
el lugar preciso
y la hora exacta en la que yo moriría.
Te lo vuelvo a preguntar;
¿creíste que me iba a suicidar?
No hoy, no ahora, no por nosotros.
Hoteles vacíos, con piezas vacías, con pasillos
eternos
se suicidan en tardes de desolada soledad.
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