Asociaré aquel puerto con septiembre,
con el incienso del albaricoque,
al cruzar desde Goa
el oculto zaguán de la pensión
de Praça da Figueira con ventanas
que daban a una calle de la Baixa
con una iglesia y tiendas de anticuario.
La libertad era un tranvía rojo
que cruzaba Lisboa, en ese tiempo
de tascas de azulejo y miradores,
donde las tardes eran
un plácido ideal, un soplo intenso
hecho de misticismos decadentes.
[De “Tatuaje”,
Hiperión, Madrid, 2004]