Bruselas. Fin de siglo.
Desde el salón se oían los pianos
todas las tardes de la adolescencia.
Una calle asfaltada
sobre el viejo trazado del tranvía,
y los libros de alquimia prediciendo
aquella sobriedad de los tapices.
Bruselas. Fin de siglo en la voz poderosa
del anciano emigrante del sombrero de hongo,
que recorría Flandes entonando
romanzas de Caruso, y que traía
sin apenas saberlo, a la ciudad
de las instituciones y los depredadores
del viejo Congo Belga
esa locura cinematográfica
con que afrontar exilios, la bahía
-piano ma non troppo-
ralentizada en grises de Sorrento.
[De “Postal de olvido”,
El gaviero, Almería, 2010]