Bajo el árbol de boj
de un recóndito patio familiar,
observo al perro cojo
y a la muchacha que se aceita el pelo
en la azotea añil, con ese ocio
con el que aplazo, a veces, la escritura
y me detengo siempre a las afueras,
donde los artesanos
de cobre y mediodía martillean
las lecheras precarias. No pensar
ni buscar el sentido en los caminos,
al azar de los búfalos sin yunta.
Cualquier impulso nómada, los riesgos
de las exploraciones y el cansancio
en la alborada de las caravanas
sólo puede explicarse tierra adentro,
sobre el caparazón de la tortuga.
[De “Cortes de luz”,
Rialp, Madrid, 2010]