| Aquel
día, leyendo en el jardín,
observaba tus idas y venidas
y la helada tristeza que portabas.
Dejé los lentes junto a mi sillón,
me acerqué muy lento y te abracé fuerte.
Con tu cabeza recostada en mi hombro,
tus convulsos sollozos compartimos...
¿ Qué te ocurre, mujer, recuerdo dije ?
Tras de un largo e inquietante silencio,
recibí tu respuesta inesperada:
¡ Tengo miedo !... ¡ Ya vamos para viejos !...
Mis lágrimas contuve,
y mi contestación manó firmeza :
¡ Nunca te preocupes !
Juntos crearemos la eternidad...
Tus ojos se posaron en los míos
y nunca volvieron a sentir miedo.
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