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Hubo
un tiempo de brillo de los cuerpos,
largas noches de juegos y colores
en las que hasta el sudor era glorioso,
la mirada era limpia
y bastaba el orgullo de tenerse.
Siguieron años de un amor sereno,
recorriendo senderos de la vida
casi siempre cogidos de la mano.
Fue el bello instante de irse construyendo,
de ir poniendo las piedras de un hogar,
pagar plazos de libros y de cuadros.
Eran tiempos de amigos y trabajo,
del gozo venturoso de los hijos.
Mas llegaron las horas esquinadas
de pasar las facturas indebidas,
de los besos mecánicos,
de camas separadas,
y de hablar con el vaho en los cristales...
Y como por ensalmo, ese momento
de impensables olvidos otoñales,
de grises y frecuentes desencuentros,
al que nunca sabrás cómo llegaste :
el de pensar, mientras contemplas fotos,
en caminos que casi no recuerdas
y que ya se diluyen entre brumas
de la frágil memoria que caduca...
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