Las
manos de este hombre han cortado la luz y la madera.
Cortaron la madera cuando el frío se volvió
áspero y violento.
Cortaron la luz cuando todo se hizo oscuro e impenetrable.
Luego sus manos se fueron desgastando lentamente.
Tomaron la conciencia de la carne rugosa,
se llenaron de musgo, de cortes, de hinchazones,
pero también amaron y sintieron el temblor de los cuerpos.
Donde el árbol ve su edad por los círculos contiguos
de su anillo
por las manos de este hombre fluye, abierta, generosa,
la sangre que da fuelle y empuje a cada sacrificio.
Ahora regresa al bosque con esas mismas manos
adiestradas para el corte diagonal y preciso.
Él conoce que el árbol le teme por verdugo,
y que el gélido invierno precisa de madera.
Él conoce su oficio como al frío de la noche,
y sabe que en su casa, cuando la helada arrecia,
necesita el cobijo del fuego y la esperanza.