A
veces mi verdad se hace de noche,
y escucho el quejido grave de los caballos,
y un relincho seco, gris y obtuso,
como de hierba que se asusta de la escarcha,
me llama despacio. Llegan a mí lamentos
al galope, con sus crines mojadas de recuerdos.
Se apilan luego las cigarras como un muro
que canta su dolor de primavera. Mirar alrededor
es no encontrarme, es mirarse a un espejo sin reverso.
Pero a veces ni siquiera veo la luz en los espejos,
y dudo si soy yo o es tu cuerpo espectral
el que aparece entre las sombras como un sueño.
Y vuelven los caballos, los caballos,
con sus crines negras y apagadas, y siento
un trote lento de silencio, un humo frío
igual que un rictus correr por mi espalda.
Y alguien olvidó sembrar estrellas, y vuelven
los gemidos de caballos, y dime ¿dónde están
ahora las flores? ¿En qué jardín tu cuerpo?
¿Por qué esta hierba ya no crece sobre el mármol?
A veces mi verdad se hace de noche
y entonces —no es sencillo—
domino las estrellas, el mármol,
la oquedad del espejo, las cigarras,
los seres de las sombras alargadas…
Pero en tanto, los caballos, los caballos…
¡Oh, los negros caballos de la noche!
¿Cuándo cesarán en su lamento
los oscuros y tristísimos caballos?