Esa
mujer que amé
y que caducó sus labios en los míos
ya no será mañana. Tendrá la madrugada
ese deje de tristeza y añoranza
con que cubren las ortigas los páramos baldíos,
ese tibio sonido con que estallan
las estrellas en medio de la noche.
Las hordas del recuerdo —nuestras manos—
no llamarán para una nueva cita. Cerrará
-igual que cierran los postigos en penumbra-
el último jardín donde besé tus labios,
el último café de las palabras dulces,
los últimos encuentros, las caricias.
Sobre esta dársena sombría e indiferente
te lloro eterna y escribo este mensaje hacia la nada.
Ya no te tengo más que si te sueño blanca,
helada como la nieve ardiente de tus pechos,
entre los ángeles caídos al abismo.
También yo he quedado aquí, aguardando, contigo,
en la estación perpetua que me habita,
entre la ofuscación, el dolor y el desvarío,
entre los altos filamentos de los cirios,
oculto entre la densa niebla que transportan
los trenes que no van a ningún sitio.