La
luz
es una sucesión de agujas que se clavan
sobre el aljibe azul de la memoria.
Yo a veces contemplo su tímido reflejo
dorando los recuerdos y los nombres,
alzando y curtiendo la piel de los años
en esta ecuación precisa hacia el ocaso.
A veces, (si es posible reposar en la nostalgia)
cuando camino ensimismado en los recuerdos
veo que se rinde confusa al tímido hormigón
de las aceras,
que acompaña mi suerte y me persigue, fiel y evocadora,
ensayando reflejos imposibles, algún círculo
disperso,
como el que busca un rostro para el verso
en la imperfecta cirugía de las palabras.
Otras veces, sin embargo,
es la luz sobre el estanque una guillotina
que divide las sombras y el silencio,
que marca sobre el árbol el ocre macilento del otoño,
y ajusta su reloj, acompasado y triste,
al ritmo incandescente de la vida.
II
Pero la luz, —si a veces se crece a ritmos insondables—
también alcanza la edad de hacerse sombra:
conoce el precipicio, su alta esfera de paloma negra,
conoce las estrellas y el beso acelerado de la noche.
Y algún día, cuando no sirvan mi cuerpo y
mis palabras
para absorber la luz como una encina, cuando mi carne
huela más a ceniza que a perfume y se abran mis ojos
a un mármol que clame su epitafio, entonces, solo
entonces,
haré valer en vosotros el peso de la luz, su estatura
de arena,
la colmena de marzo temblando sobre el zócalo del
alma.
Pero en tanto, ¡La luz! ¡La luz!
¡La luz al cabo!
Despertadme de nuevo en su latir temprano.
Reservadme su cuerpo, su tacto, su belleza,
su cristal interior, su flujo de emociones,
y guiadme en la eterna sustancia de su alquimia.
Porque ya hace años que vengo cantando a favor del
viento:
¡Hacedle un sitio a la luz y a su desnudo!