Porque
el amor se ha hecho costumbre en tus caderas
y cualquier insinuación de luz sobre tus labios
parece acelerar el ciclo de la vida hacia el abismo,
quisiera que la sombra
que habita los rincones de la desesperanza
no dicte su sentencia de adioses para siempre.
Porque son ya tantos los años compartidos
que casi no me atrevo a desterrar tu nombre,
a cerrar los postigos del cuerpo que te habita
y empezar a vivir las noches de tu ausencia
como el que vive a solas sin miedo al precipicio.
Por eso, ahora,
en este tiempo anclado en tempestades
donde todo parece una campal batalla,
te miro a los ojos con el ardor de siempre,
te tiendo una mano para que tú la amarres
y decidas si es posible soñar con completarnos
un año más, quizás hasta lo eterno.