Las
palabras son muerte, y en la muerte
desgranan lentamente sus fonemas. Nacen
con ásperos deseos de gobernar el mundo,
de encontrar en el verbo un aliado
que sea coraza y daga al mismo tiempo.
Buscan la precisión gutural del enjambre,
articulan y disponen a su modo
la ceremonia exacta del vocablo,
el anuncio secreto con que crecen
la amistad, el amor, y el rudo desatino
del que odia. No conocen fronteras,
ni en su dicha, manifiestan la virtud
que las hace valedoras del más alto elogio.
Todo regalo se envuelve con palabras.
Mas al cabo son nada, sino niebla,
sonidos que propagan sobre el viento
el frío significante de las cosas, los ecos del olvido.
Sus vidas se ejecutan como el que cruza un campo
de batalla minado. Explotan en el aire
en un instante fugaz que se evapora:
dicen, marcan, expresan la emoción
del sentimiento y luego se dispersan,
se van desintegrando como rojos meteoritos
en medio de la noche. Otras veces
caminan con nosotros prisioneras del tiempo,
esconden sus nostalgias y sus sueños
en el fondo acorazado de las voluntades.
Más ya no son palabras después de ser nombradas,
solo poso del alma y del recuerdo.
A veces las comparo con las olas que provocan
las mareas cuando llegan a la orilla desbocadas
y rompen su lamento, exclaman su espuma,
besan con codicia y música la orilla
queriendo decir algo, clamando la atención
del transeúnte que no entiende su idioma.
Ellas hablan, murmuran su lenguaje
de algas y salitre, de náufrago que aún sigue
estando vivo, y canta en una isla.
Mas nadie al fin y al cabo las escucha
más allá de la batida contra el muro.
También así, ceremoniosamente,
van renovando las palabras
su procesión mortal hacia los días:
bruma, lluvia, nube, circunstancia,
fuego que se crece y peregrina
hacia su propia extinción, hacia la nada.