Muchas
piedras después de haber nacido, allá
por el año 535 AC, después de soportar desaires
de sus contemporáneos y de la ciencia moderna,
de ser recordado vagamente en algunos tratados filosóficos
más por sus locuras ordinarias y salidas de tono
que por sus postulados carentes de sentido,
Heráclito de Éfeso, sabio entre los sabios de
la antigua Grecia,
al que algunos apodaron el Oscuro,
regresa a nosotros fluyendo con más fuerza,
desde la materia de la vida y la grandeza del viento,
desde el origen de las cosas y el fin de lo creado.
Conocedor de todo lo que al cabo existe,
Heráclito de Éfeso no mentía cuando hablaba
de nubes oxidadas como bolas de fuego,
de ríos silenciosos como lenguas de fuego,
de cuerpos que caminan bajo un signo de fuego.
Hay un movimiento de otoño y hojarasca
que todo lo transforma, una dinámica sencilla
y al tiempo complicada, como de antiguo mecanismo
que se engrasa y sigue funcionando eternamente.
Así, el fuego, su retornar constante,
el brillo frío y templado de sus crestas,
el vigor con que se trenza su melena,
inciden en las cosas, en la luz, en los paisajes,
y hasta en el propio devenir de nuestras muertes.
Así afirmaba Heráclito de Éfeso,
y así acabó sus días:
frío, mustio, confuso, incomprendido,
solitario como un anacoreta
que no encuentra su sitio en este mundo,
enterrado —por propia voluntad—
en una bola enorme de excrementos,
consumido por la vida y la miseria,
feliz y devorado por los perros.