Las
han visto en la tarde mecidas por la brisa
igual que un remolino de palabras sin dueño.
Se posan en el aire como duendes sagrados
y por unos instantes la vida se detiene.
Acarician el río,
cimbrean sobre la orilla como juncos,
reducen la verdad a una música de espigas y colores.
En su rubor de plata,
aman la luz y el silencio de las aguas estancadas,
deslizan su belleza por parques y jardines.
Tienen los ojos grandes y dichosos, enceldados,
con cierta dimensión extraterrestre.
Estrategas del viento, camuflan en sus alas
la infancia donde eleva la memoria
el vuelo singular del autogiro.
Luego heredan la espuma de los días, y tras la muerte
desnudan su armazón hasta la transparencia;
se vuelven saliva, nieve, cristal enmudecido,
espectros que decantan hacia el mismo sigilo
la hermosura invisible de lo efímero,
sombras de luz posadas sobre el mundo como estatuas
de sal y de ceniza.