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En
la noche, desnuda,
tu cuerpo es ese barro que respira
y extiende los dominios del deseo.
Tus muslos contraídos, tu vientre
vertiginoso y blanco, húmedo en su hondura,
el espasmo que precede a todos los silencios.
Tantas veces –aún sin luna llena–
hemos vertido nuestros jugos sobre la madrugada,
de tantas maneras hemos sobrevivido a las caricias,
que hoy ya todo es tedio y displicencia,
volver la vista atrás para poder salvarnos,
buscar en las hogueras, como un ángel de escarcha,
las ascuas apiladas que dejan los recuerdos,
el brillo incandescente del pasado.
El único sacrificio que aún nos queda,
la única verdad que aún nos pertenece,
es este juego extraño en que hemos convertido
el ritmo singular de nuestros corazones:
tú me ofreces la planicie de tu pubis, su vello
peralte encendido de rizos y secretos,
y yo deslizo, suave, con destreza,
—igual que una tarántula de niebla—
la seda de mis dedos, mi tacto, mis caricias,
ese inmenso temblor que proyecto en tu carne
mientras gimes de placer y al cabo te entristeces,
porque sabes —después de tantos años—
que esto es solo un juego que termina
pasándonos factura, una manera atroz
de querernos decir que nos amamos
cuando arden de silencio, ya sin tiempo,
la vida y las palabras.
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